Apertura de sesiones ordinarias: show y circo lamentable en el Congreso bajo la batuta de Milei

La apertura de sesiones ordinarias, que debía ser un acto institucional solemne para anunciar políticas y marcar el rumbo del año legislativo, terminó convertida en un espectáculo de insultos, provocaciones y aplausos partidarios. Entre agravios a la oposición y una puesta en escena celebrada por el oficialismo, el Congreso fue escenario de un show que dejó al descubierto la degradación del debate público y profundizó la preocupación por el deterioro de la imagen internacional de la Argentina.

POLITICA NACIONAL

Por Camila Domínguez

3/2/20264 min read

Lo que debía ser una ceremonia republicana, una instancia solemne de rendición de cuentas y proyección institucional, terminó anoche convertido en un espectáculo bochornoso que avergüenza a cualquiera que todavía crea en la investidura presidencial y en la dignidad del Congreso. La apertura de sesiones ordinarias, ese momento en el que el jefe de Estado traza el rumbo legislativo y fija prioridades para el año, fue degradada a un show personal, cargado de insultos, provocaciones y gestos tribuneros más propios de un streaming incendiario que de una Asamblea Legislativa.

En lugar de un mensaje institucional, el país presenció un monólogo agresivo. En vez de propuestas concretas y explicaciones detalladas, escuchó una catarata de agravios. El Presidente transformó el recinto en su escenario y a los legisladores en extras involuntarios de una puesta cuidadosamente diseñada para la tribuna propia. Allí donde debía haber templanza y responsabilidad, hubo gritos, burlas y frases de tono tuitero que nada tienen que ver con la gravedad del cargo.

“Me encanta verlos llorar kukas”, lanzó sin pudor. “Manga de ladrones”, repitió. “La justicia social es un robo”. A eso le siguieron descalificaciones como “kukas ignorantes”, “cavernícolas”, “asesinos”, “chorros”, “deshonestos”, “parásitos”. La lista fue tan extensa como innecesaria. No hubo matices ni intención de construir un puente con quienes piensan distinto. Hubo, sí, una voluntad evidente de humillar y provocar, de convertir la diferencia política en un ring de boxeo verbal.

Lo que debía ser un acto republicano terminó siendo un circo lamentable y pobre. Y como en todo circo, hubo un dueño del espectáculo: el propio Presidente, parado en el centro de la escena, administrando los tiempos, midiendo los golpes, buscando la ovación. Y hubo también una claque fervorosa que aplaudía cada exabrupto, cada provocación, cada descalificación. Mientras el “dueño del circo” agitaba el látigo retórico, los suyos celebraban como si se tratara de un logro político. El aplauso no acompañaba anuncios de políticas públicas; acompañaba insultos.

El contraste fue brutal. De un lado, un mandatario que debía hablarle a todo el país y eligió hablarle únicamente a su núcleo más duro. Del otro, bancas opositoras que intentaban, entre gritos y reclamos, preservar algo del decoro institucional. La escena no fue la de un presidente delineando el futuro, sino la de un polemista en busca de trending topic.

La degradación no es solo estética ni una cuestión de formas. El lenguaje construye realidad política. Cuando quien ocupa la máxima magistratura banaliza el insulto y convierte la agresión en método, envía un mensaje claro: la confrontación total reemplaza al debate democrático. No se trata de firmeza ideológica ni de convicción. Se trata de una confusión peligrosa entre liderazgo y espectáculo.

Una apertura de sesiones debería ser un momento de síntesis y de proyección. Allí se espera que el Presidente anuncie reformas, explique prioridades, detalle programas y convoque al diálogo institucional, incluso desde la diferencia. En cambio, lo que se vio fue una performance. Un show cuidadosamente orientado a las redes sociales, pensado en clave de clip viral más que de responsabilidad histórica.

Mientras tanto, los problemas estructurales del país —la pobreza, la inflación persistente, el deterioro productivo, la crisis social— quedaron relegados a un segundo plano frente al festival de agravios. El foco no estuvo en cómo se construirán consensos ni en qué políticas concretas mejorarán la vida de los argentinos. El foco estuvo en la confrontación como fin en sí mismo.

El daño no se limita al ámbito doméstico. El mundo observa. Las imágenes recorren agencias internacionales y noticieros extranjeros. La Asamblea Legislativa argentina, que debería proyectar institucionalidad y madurez democrática, apareció como el escenario de un espectáculo crispado y vulgar. Mientras los trolls libertarios celebran en redes sociales cada frase incendiaria, el respeto internacional de la Argentina se erosiona silenciosamente.

Los países no solo se miden por sus indicadores económicos, sino también por la calidad de su debate público y la solidez de sus instituciones. Un presidente que utiliza la cadena nacional para denigrar a la oposición no fortalece su liderazgo; lo empobrece. No demuestra autoridad; exhibe fragilidad. No consolida una imagen de firmeza ante el mundo; expone una precariedad institucional alarmante.

La banalización del poder presidencial es quizás lo más preocupante de todo. La investidura no pertenece a una persona ni a un partido; pertenece al Estado. Cada gesto, cada palabra y cada decisión impactan en la percepción interna y externa del país. Cuando el lenguaje oficial se degrada, se degrada también la percepción de la democracia.

No se trata de exigir unanimidad ni de silenciar la crítica. La política es, por definición, conflicto y disputa. Pero hay una diferencia abismal entre confrontar con argumentos y degradar con insultos. Hay una distancia enorme entre defender un proyecto y descalificar a quienes representan a millones de argentinos que votaron distinto.

El Congreso no es un estudio de televisión. La Asamblea Legislativa no es un acto partidario. Y la apertura de sesiones no es un festival de provocaciones. Es un acto fundacional del año político, una instancia en la que el Presidente debe demostrar altura institucional. Anoche, esa altura brilló por su ausencia.

Lo más doloroso es la naturalización. El aplauso cómplice ante cada agravio revela una preocupante resignación ante la pérdida de estándares democráticos básicos. Si el insulto se convierte en moneda corriente y el espectáculo reemplaza al contenido, la discusión pública se vacía y la política se transforma en entretenimiento de baja estofa.

Argentina atraviesa desafíos enormes. Necesita acuerdos mínimos, reglas claras, previsibilidad y liderazgo responsable. Lo que vio anoche fue lo contrario: una puesta en escena que priorizó el impacto inmediato por sobre la construcción duradera. Un presidente que eligió la provocación antes que la propuesta. Un recinto convertido en tribuna.

Cuando la máxima autoridad del país reduce un acto republicano a un show personal, el problema no es solo de estilo. Es de fondo. Porque la democracia no se sostiene únicamente en el voto, sino también en el respeto por las formas, en la dignidad del debate y en la responsabilidad institucional.

Con este tipo de espectáculos, la Argentina no solo exhibe una crisis política; exhibe una crisis de prestigio. Y cada vez que la apertura de sesiones se transforma en un circo de agravios, no solo se debilita la investidura presidencial: el país entero queda expuesto como el HAZMERREÍR MUNDIAL.