Caída del consumo en las familias argentinas: menos compras, más deuda y un fin de año sin festejos
El cierre del año confirma un escenario cada vez más asfixiante para los hogares: salarios y jubilaciones que no alcanzan, consumo en retroceso, compras más espaciadas y canastas cada vez más chicas. Con ingresos que no se recuperan, inflación que dejó de desacelerar y un endeudamiento récord para cubrir gastos básicos, las familias argentinas enfrentan un ajuste que no se ve en los discursos oficiales, pero se siente todos los días en la góndola, en la billetera y en la mesa.
POLITICA NACIONAL
Por Julián Pereyra
12/22/20253 min read


El segundo año del gobierno de Javier Milei cierra con una postal que desmiente cualquier relato triunfalista: el consumo de las familias argentinas está cada vez más deteriorado y los ingresos no alcanzan. No se trata de una percepción ni de un “cambio de hábitos saludable”, como a veces intenta sugerir el discurso oficial, sino de una realidad dura y mensurable: los hogares compran menos, con menor frecuencia, con canastas más chicas y, cada vez más, endeudándose incluso para cubrir gastos básicos. Las góndolas están más vacías, los comercios sienten la falta de movimiento y las fiestas llegan con bolsillos flacos y expectativas recortadas.
Los números son contundentes. El 43% de los compradores declara llegar ajustado a fin de mes, un salto enorme frente al 29% que decía lo mismo a comienzos de año. Las compras en góndolas cayeron, el tiempo entre una visita y otra al comercio se estiró, y una porción creciente del aguinaldo ya no se piensa como un “extra” para consumir, sino como una tabla de salvación para pagar deudas acumuladas. En muchas tiendas, sobre todo en barrios populares y sectores medios, el panorama es desolador: menos gente, tickets más bajos y nadie en condiciones de darse un gusto para las fiestas.
Este deterioro no cayó del cielo. Es la consecuencia directa de salarios y jubilaciones que quedaron atrasados, de una inflación que dejó de desacelerar y de un ingreso disponible que nunca logró recomponerse de verdad. La leve mejora del primer semestre —que ya era frágil y se apoyaba en una base muy baja— se agotó rápidamente. En la segunda mitad del año, el consumo volvió a caer y el ajuste se hizo sentir con más fuerza en la vida cotidiana. Estudios privados como los de Worldpanel, Focus Market y NielsenIQ coinciden en el diagnóstico: el repunte se frenó y dio paso a un nuevo retroceso.
La forma de consumir cambió porque no quedó otra. Los hogares se volvieron mucho más selectivos: prioridad absoluta a los productos esenciales, reducción o directamente eliminación de categorías prescindibles y una vigilancia permanente del precio. Alimentos básicos, lácteos y artículos de cuidado personal concentran lo poco que crece, mientras rubros como bebidas con alcohol, snacks o productos no esenciales se desploman. Crecen las marcas más económicas y las marcas propias de los comercios, no por preferencia ideológica, sino por necesidad. Hoy, cerca del 40% del gasto se hace aprovechando promociones, y cada vez más familias combinan cuatro o más canales de compra por mes para cazar precios.
En ese contexto, los comercios de cercanía recuperaron protagonismo. Autoservicios, almacenes, kioscos y farmacias ganan terreno frente a los hipermercados y a las compras online, donde el volumen se retrajo. No es una vuelta romántica al barrio: es la consecuencia de compras más chicas, más frecuentes y con menos margen para stockearse. La lógica es simple y brutal: se compra lo justo, cuando se puede y donde conviene.
El capítulo más preocupante es el del endeudamiento. El Banco Central confirmó que la morosidad de las familias alcanzó un máximo histórico desde 2010. Los préstamos personales muestran casi uno de cada diez en situación irregular y las tarjetas de crédito no se quedan atrás. El crédito dejó de ser una herramienta para consumir o planificar y pasó a ser un salvavidas para llegar a fin de mes. El aguinaldo, que alguna vez fue sinónimo de consumo o alivio, ahora se destina en gran parte a tapar agujeros financieros. Se paga deuda vieja para poder seguir pagando la deuda nueva.
Todo esto contrasta de manera brutal con el discurso oficial de “orden macroeconómico” y “baja de la inflación”. Puede haber planillas prolijas y gráficos que muestren estabilidad, pero en la vida real el ajuste se traduce en menos comida, menos compras, más deuda y más incertidumbre. La macro no baja a la mesa familiar. La supuesta estabilidad no se refleja en la heladera, en la billetera ni en el ánimo social.
La conclusión es incómoda pero inevitable. Las familias argentinas están pagando el costo del modelo económico con su bienestar cotidiano. El consumo no cae por decisión ni por falta de ganas, sino por falta de ingresos. Cuando la mayoría usa el aguinaldo para pagar deudas, reduce hasta lo básico y llega a las fiestas contando monedas, no hay recuperación posible que valga en los discursos. Un país que ajusta así a sus hogares no está saliendo adelante: está, apenas, sobreviviendo.
