Cientificidio: el Gobierno recorta ciencia y acelera una nueva fuga de cerebros

Mientras el Gobierno celebra el ajuste y el déficit cero, cientos de jóvenes científicos argentinos sobreviven con salarios destruidos, laboratorios vacíos y becas caídas. La fuga de cerebros volvió con fuerza: investigadores formados durante años en universidades públicas hoy piensan más en Ezeiza que en seguir construyendo ciencia en el país.

POLITICA NACIONAL

Por Julián Pereyra

7/6/20266 min read

Los que todavía no se fueron ya están haciendo las valijas.

La frase ya se escucha en laboratorios, pasillos universitarios, institutos del Conicet y grupos de investigación de todo el país. Algunos todavía resisten. Otros directamente ya enviaron currículums al exterior. Y muchos más sobreviven como pueden mientras observan cómo el cartel de Ezeiza vuelve a transformarse en el símbolo más doloroso de la Argentina contemporánea.

La ciencia argentina atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. Y no se trata de una exageración ni de un problema aislado. Lo que está ocurriendo es mucho más profundo: el Gobierno de Javier Milei está llevando adelante una destrucción sistemática del sistema científico argentino bajo la lógica del ajuste permanente, el déficit cero y el desprecio explícito hacia la investigación pública.

Mientras el oficialismo habla de “modernización”, “libertad económica” y “eficiencia”, cientos de jóvenes científicos argentinos sienten que el propio Estado decidió abandonarlos. Investigadores formados durante más de una década en universidades públicas hoy viven precarizados, desfinanciados, desprestigiados y sin perspectivas de futuro. La ciencia dejó de ser una política estratégica para transformarse en una variable de ajuste.

Y el resultado empieza a verse con crudeza: una nueva fuga de cerebros.

El país invierte durante años… para después expulsarlos

La paradoja es brutal.

Durante décadas, el Estado argentino invirtió millones de pesos en formar investigadores de excelencia. Jóvenes que estudiaron en universidades públicas, realizaron licenciaturas, maestrías, doctorados y especializaciones. Científicos que dedicaron entre diez y quince años de su vida a prepararse para investigar, innovar y devolverle al país todo ese conocimiento.

Pero justo cuando estaban listos para hacerlo, el sistema empezó a expulsarlos. Las becas doctorales y posdoctorales dejaron de renovarse. Los salarios del Conicet se derrumbaron. Los subsidios desaparecieron. Los laboratorios funcionan con recursos mínimos. Y miles de investigadores ya no piensan en desarrollar proyectos científicos en Argentina: piensan en cómo irse.

La Argentina vuelve a fabricar una generación científica perdida. Y lo más grave es que no ocurre por accidente. Ocurre por decisión política.

Cientificidio: destruir el sistema científico en nombre del ajuste

Muchos investigadores ya empezaron a usar una palabra que hasta hace pocos años parecía exagerada: cientificidio.

Porque lo que está ocurriendo excede un simple recorte presupuestario. Lo que existe es una destrucción planificada del sistema científico argentino.

Durante el gobierno de Milei, los salarios de investigadores y becarios perdieron una parte enorme de su poder adquisitivo. Muchos científicos cobran hoy ingresos que no alcanzan para sostener una vida mínima después de haber dedicado toda su juventud a formarse. La situación en los laboratorios ya roza lo absurdo.

Faltan insumos. Las máquinas se rompen y no se reparan. Los experimentos se suspenden. Se estira la vida útil de reactivos hasta límites impensados. Se hacen “vaquitas” entre investigadores para sostener proyectos básicos. Y mientras el mundo invierte cada vez más en ciencia y tecnología, Argentina vuelve a improvisar supervivencia.

Durante años se romantizó la idea del científico argentino que “hace ciencia con dos pesos”. Hoy esa supuesta virtud ya dejó de ser admirable. Porque no se puede construir desarrollo tecnológico permanente sobre la precarización absoluta. La ciencia argentina pasó de investigar vacunas, biotecnología, cáncer, energía o inteligencia artificial a sobrevivir como puede.

Investigadores manejando Uber para sobrevivir

El drama no es solamente presupuestario. También es humano. Detrás de cada beca caída hay una persona que dedicó años de su vida a estudiar. Detrás de cada investigador que abandona el sistema hay una historia de frustración y agotamiento.

Muchos científicos jóvenes hoy trabajan en condiciones humillantes. Algunos complementan ingresos dando clases particulares. Otros hacen Uber, Rappi o trabajos extra completamente alejados de sus profesiones para llegar a fin de mes.

Investigadores hipercalificados terminan manejando autos o repartiendo comida después de pasar diez años formándose en universidades públicas. La escena debería generar escándalo nacional. Pero desde el Gobierno parecen observarla con absoluta indiferencia.

La precarización ya alcanzó niveles desesperantes. Y lo peor es la sensación de abandono que atraviesa a gran parte de la comunidad científica. Muchos jóvenes investigadores ya no piensan en desarrollar conocimiento en Argentina. Piensan únicamente en irse.

Ezeiza vuelve a aparecer como única salida

La historia se repite. Argentina vuelve a expulsar a sus propios talentos. Mientras otros países compiten por atraer científicos, investigadores y profesionales altamente calificados, el gobierno libertario parece decidido a regalarle sus recursos humanos al resto del planeta.

Estados Unidos, Europa y varios países latinoamericanos hoy ofrecen salarios, estabilidad, financiamiento y tecnología para científicos que en Argentina apenas logran sobrevivir. Y muchos ya tomaron la decisión.

Algunos emigraron con becas internacionales. Otros consiguieron lugar en universidades extranjeras. Otros simplemente se cansaron de pelear contra un sistema destruido. La fuga de cerebros volvió. Y esta vez ocurre mientras el Gobierno habla permanentemente de modernización y futuro.

No existe potencia económica sin ciencia. No existe desarrollo sin investigación. No existe innovación tecnológica sin inversión pública sostenida. Pero el oficialismo parece decidido a destruir precisamente el área que cualquier país serio considera estratégica.

La enorme contradicción libertaria

La contradicción política y económica es gigantesca. El Gobierno se llena la boca hablando de libertad económica, competitividad y modernización. Pero destruye justamente el sistema científico y tecnológico que cualquier economía desarrollada necesita para crecer.

Mientras el mundo invierte fortunas en inteligencia artificial, biotecnología, medicina, energía y desarrollo tecnológico, Argentina ajusta laboratorios, destruye salarios y elimina becas. La supuesta rebeldía antisistema terminó convirtiéndose en un modelo profundamente atrasado.

Porque ningún país crece despreciando el conocimiento. Ningún país construye soberanía económica expulsando científicos. Ningún país moderno destruye deliberadamente sus instituciones científicas. Y sin embargo eso es exactamente lo que está ocurriendo. El déficit cero parece aplicarse con especial entusiasmo sobre la ciencia. Para los investigadores nunca hay plata. El conocimiento se convirtió en uno de los blancos preferidos del ajuste libertario.

Mientras tanto, otras áreas siguen recibiendo recursos, beneficios y protección política. La ciencia, en cambio, aparece constantemente bajo ataque.

El daño puede tardar décadas en repararse

Hay algo todavía más grave que la crisis actual: el daño estructural que deja. Destruir un sistema científico es muchísimo más fácil que reconstruirlo. Cada investigador que abandona el país representa años de inversión pública perdida. Cada laboratorio que se vacía representa conocimiento que desaparece. Cada beca que se cae implica menos producción científica futura.

Y lo peor es que esos procesos no se revierten rápidamente. Un sistema científico tarda décadas en construirse. Pero puede destruirse en muy poco tiempo. Argentina ya vivió fugas de cerebros en otros momentos históricos. Y siempre pagó costos enormes por ello.

Ahora vuelve a repetir uno de sus errores más trágicos. El país forma científicos de excelencia… para después expulsarlos.

El futuro convertido en ajuste

La sensación dominante entre muchos jóvenes investigadores ya no es esperanza. Es resignación.

Muchos pasaron toda su vida creyendo que podían construir conocimiento en Argentina. Hoy sienten que el propio Estado les cerró la puerta en la cara. El sueño de investigar, innovar y desarrollarse en el país lentamente se transforma en frustración.

Porque cuando un científico se va, no se pierde solamente un empleo. Se pierde capacidad tecnológica, innovación, formación, desarrollo y futuro. Y mientras el Gobierno celebra el ajuste, cientos de investigadores hacen las valijas en silencio.

La Argentina vuelve a cometer uno de sus errores más dolorosos: expulsar a quienes podrían ayudar a construir su futuro. El problema no es solamente económico. Es muchísimo más profundo.

Cada investigador que se va representa conocimiento perdido, años de inversión desperdiciados y una oportunidad menos para el desarrollo argentino. Y mientras el mundo compite desesperadamente por atraer talento científico, la gestión de Javier Milei parece decidida a regalarle sus científicos al resto del planeta.

El cientificidio ya no es una advertencia. Empieza a convertirse en realidad.

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