Cierre de Whirlpool: otra fábrica apagada por un modelo que destruye empleo a diario

El cierre de la planta de Whirlpool en Pilar, que deja a 300 familias sin ingreso, no es una excepción: es el retrato crudo de un país que se desindustrializa a toda velocidad bajo el modelo libertario. Mientras el Gobierno celebra mercados libres e importaciones récord, las fábricas apagan las máquinas y los trabajadores quedan a la intemperie. Desnuda el verdadero costo del ajuste: un país que castiga producir y premia especular.

POLITICA NACIONAL

Por Julián Pereyra

11/27/20253 min read

Hay decisiones políticas que no necesitan grandes discursos para mostrar sus consecuencias. A veces basta una foto: una fábrica apagada, portones cerrados, obreros con cascos en la mano y ojos rojos de bronca. Esa fue la postal que dejó Whirlpool en Pilar tras despedir a 300 trabajadores y bajar la persiana de una planta que había sido inaugurada hace apenas tres años, con bombos, platillos y 52 millones de dólares de inversión. Tres años. Ni una vida útil completa tuvo la fábrica que prometía exportar el 70% de su producción y fabricar 300 mil unidades al año. Duró menos que un mandato presidencial. Duró menos que el espejismo libertario.

Pero lo de Whirlpool no es un rayo aislado: es una tormenta perfectamente anunciada. Desde que Javier Milei asumió la presidencia, 30 empresas cierran por día y ya se destruyeron 276.000 puestos de trabajo registrados, según datos del CEPA. Treinta por día. Uno cada 48 minutos. Es el “costo del cambio”, nos dicen, como si el sacrificio pudiera medirse en cuerpos que se caen del mapa laboral. Como si la pobreza fuera un daño colateral aceptable mientras el relato oficial habla de libertad, competencia y modernización.

La realidad, en cambio, se parece más a un país arrojado a la intemperie económica. Las políticas de ajuste, la apertura indiscriminada de importaciones y la desregulación total están empujando a la industria nacional a un precipicio. ¿Cómo compite una fábrica argentina con productos que entran al país por Shein, Temu, Amazon o Aliexpress, muchos veces subfacturados, sin controles y con costos laborales imposibles de replicar acá? La respuesta es obvia: no compite. Cierra.

Mientras el Gobierno festeja que “se acabó el proteccionismo”, miles de familias se quedan sin sustento. La ecuación es simple: si la importación se convierte en la regla y la producción local en la excepción, las consecuencias no pueden ser otras que despidos, cierres y desmantelamiento del tejido productivo. No es ideología: es matemática.

Y detrás de esa matemática hay una decisión política clarísima: el sector financiero como estrella del modelo. La especulación como motor. La renta como brújula. Un país que se achica productivamente para agrandar los márgenes de quienes apuestan, no de quienes trabajan. Un país donde fabricar se castiga y traer un contenedor se celebra. Un país que reemplaza el ruido de las máquinas por el zumbido del “mercado” en la pantalla de un broker.

En ese marco, lo de Whirlpool no sorprende: indigna. La planta de Pilar está ubicada en una ciudad de 400 mil habitantes donde ya se perdieron 1.500 empleos industriales en lo que va del año. No hablamos de estadísticas frías: hablamos de familias enteras que hoy no saben cómo van a sostener un alquiler, pagar una cuota, comprar comida. Hablamos de gente que dedicó años a aprender un oficio, a mejorar procesos, a subir al último escalón del ascenso social argentino: el trabajo industrial formal. Y que ahora, por la magia oscura del ajuste, son descartables.

El cierre de Whirlpool es una metáfora perfecta del modelo libertario: fábricas vacías, importaciones récord, consumo destruido y un Estado que le suelta la mano a quienes producen mientras arropa a quienes especulan. La misma receta que empuja a empresarios a abandonar plantas para convertirse en importadores, porque —como dicen ellos mismos— “producir en este país es pérdida”.

La Argentina parece condenada a transformarse en un shopping gigante de productos extranjeros, mientras sus propias industrias agonizan. Las máquinas se apagan, pero no por falta de tecnología ni de capacidad: se apagan porque el Gobierno decidió que no valen la pena.

Whirlpool no es un accidente. No es un error. Es la consecuencia directa de un proyecto político que cree que la economía se resuelve con planillas de Excel y no con trabajo real. Un modelo que confunde libertad con abandono, competencia con salvajismo y mercado con depredación.

El verdadero costo del ajuste no está en el superávit que muestran en conferencia de prensa: está en esas 300 familias de Pilar que hoy quedaron sin nada. Está en las miles de vidas que se deshilachan detrás de cada fábrica cerrada. Está en la Argentina que se desarma a un ritmo que ni siquiera los propios números del Gobierno pueden maquillar.

Podrán estabilizar gráficos y celebrar índices, pero no pueden ocultar que están normalizando la pobreza y poniendo en desguace al trabajo argentino. Y cuando un país deja de producir, deja también de imaginar futuro.

Y eso, aunque se nieguen a admitirlo, es el verdadero fracaso de este experimento libertario.