El drama de los narcocréditos: el negocio de la desesperación que crece en los barrios

Una deuda que empieza para comprar comida, pagar medicamentos o llegar a fin de mes puede terminar en una pesadilla. Los llamados narcocréditos y préstamos usurarios avanzan en los barrios, con intereses descontrolados, amenazas y familias que quedan atrapadas cuando el sistema financiero les cierra todas las puertas. Mientras el Gobierno habla de recuperación económica, la realidad de muchas familias muestra otra cara: la de la desesperación, el miedo y el abandono.

NACIONALSOCIEDAD

Por Julián Pereyra

8/24/202610 min read

Hay algo profundamente injusto en esta historia. Familias que ya no llegan a fin de mes, trabajadores a los que no les alcanza el sueldo, jubilados que tienen que elegir qué pagar y qué postergar, personas que quedaron afuera del sistema financiero formal y que, cuando necesitan dinero para comer, comprar medicamentos o sostener su casa, terminan recurriendo a un prestamista.

Y ahí empieza otra pesadilla. Primero te prestan. Después te persiguen. Y finalmente pueden quedarse con lo poco que tenés.

“Te prestan sabiendo que te van a poder quitar todo lo que quieren”. La frase resume con una crudeza brutal lo que ocurre en distintos barrios populares, donde los llamados “narcocréditos” y los préstamos usurarios aparecen como el último escalón de un sistema de endeudamiento que dejó de ofrecer soluciones y empezó a producir desesperación.

Cuando el sistema financiero cierra la puerta, la usura entra por la ventana. El recorrido muchas veces parece seguir siempre el mismo camino. Primero aparecen los bancos. Después las tarjetas. Luego las billeteras virtuales. Y cuando todas esas puertas se cierran, aparece el prestamista del barrio.

El que llega en moto. El que lleva el dinero hasta la puerta de la casa. El que sabe dónde vive la familia. El que sabe dónde trabajan. El que sabe cuándo cobran. Y el que, cuando llega el momento de cobrar, puede dejar de hablar solamente de dinero.

La deuda dejó de ser solamente un problema económico: se convirtió en una amenaza cotidiana.

El dinero que llega cuando nadie más presta

Distintos testimonios y organizaciones sociales advierten sobre el crecimiento de prestamistas barriales vinculados, en algunos casos, con diferentes circuitos de la economía ilegal. Narcotráfico, juego clandestino, apuestas virtuales ilegales, transas, agencias de autos y distintos circuitos informales aparecen mencionados en los relatos recogidos en los barrios.

La lógica es sencilla y brutal. Existe dinero que necesita encontrar una forma de circular. Y existen familias que necesitan dinero desesperadamente. El encuentro entre esas dos realidades puede convertirse en un negocio extraordinariamente rentable para quien presta y devastador para quien pide.

“El dinero ilegal encontró un nuevo negocio: prestarle a los desesperados.” La necesidad de una familia se convirtió en el negocio de otro. El barrio se convirtió en territorio de cobro. Y el prestamista sabe que quien pide plata no está eligiendo: está sobreviviendo.

Por eso es importante hablar de los llamados “narcocréditos” con responsabilidad. No todos los prestamistas tienen necesariamente una conexión comprobada con el narcotráfico. De hecho, en algunas investigaciones judiciales esa relación no pudo ser demostrada.

Pero los testimonios de organizaciones sociales y especialistas describen una presencia creciente de actores vinculados con diferentes economías ilegales que encontraron en el préstamo informal una forma de hacer trabajar dinero y, al mismo tiempo, aprovecharse de personas expulsadas del circuito financiero formal. Y cuando la necesidad se convierte en negocio, el resultado puede ser aterrador.

Tasas que convierten una deuda en una trampa

El otro componente de esta historia es la tasa. Hay casos en los que los intereses llegan a 10 mil o 15 mil pesos diarios. Montos que, acumulados, pueden hacer que una deuda crezca mucho más rápido que cualquier ingreso familiar. Una deuda que empezó siendo de 200 mil pesos puede transformarse rápidamente en una deuda de 400 mil, 800 mil o un millón. No es un crédito: es una trampa.

La diferencia con el sistema formal no es menor. Una persona puede pasar de un crédito bancario con una tasa elevada, pero dentro de un sistema con reglas y posibilidades de renegociación, a una billetera virtual con costos mucho mayores y terminar finalmente en un circuito informal donde las condiciones pueden ser completamente descontroladas.

La tasa ya no funciona solamente como el precio del dinero. Puede convertirse en el mecanismo que hace imposible salir de la deuda. La tasa no busca que puedas devolver el dinero. Busca que nunca puedas salir de la deuda.

Eva: cuando la deuda entra a tu casa

La historia de Eva permite entender la dimensión humana de este problema. Es albañila, madre y estudiante. Durante años trabajó y utilizó sus tarjetas de crédito para afrontar gastos familiares. La tarjeta era, como para tantos trabajadores, una herramienta para comprar algo que de otro modo sería imposible pagar.

Pero las cosas empezaron a empeorar. El trabajo cayó y la tarjeta dejó de utilizarse para bienes durables. Empezó a servir para algo mucho más básico: llegar al supermercado.

Hasta que apareció un problema de salud y la situación terminó de complicarse. Eva tenía una deuda importante y terminó recurriendo a un prestamista del barrio. Al comienzo pidió 200 mil pesos. Un mes después debía devolver 400 mil. Luego pidió 500 mil y la deuda siguió creciendo.

Hasta que un día ocurrió algo que dejó de tener que ver exclusivamente con las cuentas. Su hijo la llamó. Había un hombre dentro de la casa preguntando por ella. Preguntó a qué hora volvía. Preguntó cuándo se iba. La deuda había dejado de ser un número. Ahora había alguien entrando a su casa.

Eva encontró una forma de definir a quienes la habían llevado hasta esa situación: “Le puse un nombre vulgar pero se lo merecen: son prestamistas usureros porque te prestan sabiendo que te van a poder quitar todo lo quieren y seguir generando más miseria en tu vida.”

La frase no necesita demasiadas explicaciones. Primero te prestan. Después te persiguen. Y finalmente pueden quedarse con lo poco que tenés.

Marta: diez prestamistas golpeando la puerta

Después está Marta. Jubilada, con problemas de salud, llegó a tener diez prestamistas reclamándole dinero. Diez.

Una deuda puede ser un problema. Diez personas reclamando, golpeando la puerta y exigiendo pagos se convierten en otra cosa. Marta llegó a tener intereses de 10 mil y 15 mil pesos diarios. Entregó dinero. Pero no alcanzaba. Llegó incluso a entregar un microondas que había comprado y después tuvo que endeudarse nuevamente para conseguir otro bien que le exigían.

Marta no duerme por una deuda. Marta no vive pensando cómo progresar: vive pensando quién va a golpearle la puerta. La deuda se convirtió en una presencia permanente. El miedo también. Miedo a salir. Miedo a encontrarse con quienes reclaman. Miedo a que la situación empeore. Y esto es algo que muchas veces queda fuera de cualquier estadística económica.

Porque una deuda no solamente puede quitarle dinero a una familia. Puede quitarle tranquilidad. Puede quitarle sueño. Puede quitarle salud. Puede convertir su propia casa en un lugar de miedo.

Yamila y el prestamista puerta a puerta

Yamila también conoce de cerca ese circuito. Una deuda que comenzó con un crédito pequeño terminó creciendo hasta impactar sobre su tarjeta, que utilizaba para comprar alimentos para sus hijos. Cuando las opciones formales desaparecen, aparece el préstamo informal. Y ahí aparece una característica particularmente preocupante: el sistema puerta a puerta.

El prestamista llega hasta tu casa. No solamente sabe cuánto debés: sabe dónde vivís. No solamente conoce tu deuda: conoce tu barrio, tu familia y tus horarios. El cobro dejó de ser financiero y pasó a ser territorial. En algunos barrios, cuentan los testimonios, el prestamista puede convertirse en una presencia cotidiana.

Una moto que aparece. Una persona que pregunta. Una amenaza. Una advertencia. Una presión que no desaparece porque la deuda sea imposible de pagar.

Cuando la deuda deja de hablar de dinero

Los relatos sobre estos circuitos incluyen situaciones de extrema gravedad. Amenazas. Aprietes. Ingreso a viviendas. Confiscación de electrodomésticos. Pérdida de autos. Pérdida de terrenos. Apropiación de partes de lotes. Amenazas de incendios. Y también casos de secuestros extorsivos que llegaron a la Justicia.

Hay que diferenciar cada situación. Algunas forman parte de testimonios de personas afectadas y organizaciones sociales. Otras aparecen en investigaciones judiciales concretas. Pero todas muestran un mismo problema. Cuando no podés pagar, el prestamista puede dejar de hablar de dinero. Empieza a hablar de tu casa. Después habla de tu auto. Después de tus muebles. Y finalmente aparece la amenaza.

Un caso judicial que llegó a juicio

Uno de los casos más graves mencionados en este contexto llegó a la Justicia. Una pareja secuestró a una de sus deudoras, una empleada de una pizzería, y la mantuvo en cautiverio bajo amenazas y con un arma de fuego. Sus captores exigieron dinero como rescate. La investigación fue elevada a juicio por el fiscal federal Fernando Domínguez.

El expediente también muestra hasta qué punto el endeudamiento puede estar asociado a las necesidades más básicas: alimentos, vivienda e incluso gastos como un viaje de egresados. Entre febrero y marzo de 2026 hubo doce préstamos. Once tenían tasas que duplicaban el capital prestado.

Los investigadores no pudieron probar una conexión con el narcotráfico, aunque existió una fuerte sospecha sobre esa posible relación. Ese dato es importante porque permite dimensionar el problema sin confundir sospechas con hechos judicialmente comprobados.

Pero también deja una pregunta abierta: ¿Qué ocurre cuando la economía ilegal encuentra una sociedad desesperada por conseguir efectivo?

El final del embudo

Hernán Letcher, del CEPA, plantea una idea que permite entender el problema: la morosidad puede no estar desapareciendo. Puede estar cambiando de lugar. El banco deja de prestar. La persona recurre a una billetera virtual. La billetera deja de prestar. La persona termina recurriendo al prestamista. La deuda no desapareció: cambió de manos. Y ese cambio tiene una consecuencia fundamental.

El sistema financiero formal tiene registros. Las billeteras virtuales tienen trazabilidad. Pero el prestamista que llega con efectivo no necesariamente deja una huella. El sistema financiero puede dejar de registrar al deudor, pero el barrio sabe perfectamente dónde encontrarlo. Lo que desaparece de las estadísticas aparece en la puerta de una casa.

El agujero negro de la deuda informal

El problema es que prácticamente no existen estadísticas capaces de mostrar la dimensión real de este fenómeno.

No hay un registro confiable que permita saber cuántas personas están atrapadas en préstamos informales. No hay registro porque nadie registra al que cobra en efectivo. No hay estadísticas sobre una deuda que se cobra con amenazas. El agujero negro también es una forma de abandono.

Y mientras tanto, las familias siguen ahí. Endeudadas. Acorraladas. Tratando de sobrevivir.

Organizaciones como Movida Ciudad y La Poderosa trabajan con personas endeudadas y buscan acompañarlas frente a una situación que excede ampliamente una cuestión financiera. Porque denunciar no siempre es sencillo. Una persona puede hacer una denuncia penal, pero después tiene que volver a su casa. Tiene que seguir viviendo en el mismo barrio. Tiene que seguir viendo a las mismas personas. Tiene que enfrentar las posibles represalias.

Por eso las denuncias son importantes, pero no alcanzan. No alcanza con decirle a una persona que denuncie. Hay que garantizar que pueda denunciar y seguir viviendo en su barrio sin quedar a merced de quienes la amenazan. Hace falta asesoramiento jurídico. Acompañamiento social. Asistencia psicológica. Protección. Y políticas públicas de desendeudamiento. La Justicia no puede llegar solamente después del golpe.

Mientras Milei habla de recuperación, los barrios cuentan cuánto deben

Y acá aparece la pregunta política. ¿Por qué una familia necesita pedirle plata a un prestamista para comprar comida? ¿Por qué una jubilada tiene que endeudarse para celebrar el cumpleaños de su hijo? ¿Por qué una trabajadora tiene que recurrir a un circuito informal porque el sistema formal ya no le presta? Y, sobre todo, ¿por qué el Estado aparece para responsabilizar al endeudado, pero no para evitar que llegue a esa situación?

Mientras las familias cuentan estas historias, figuras centrales del Gobierno como Luis Caputo y Javier Milei sostienen discursos sobre recuperación económica, estabilidad, crecimiento y mejora de los indicadores. Pero hay una distancia enorme entre determinados números y la vida cotidiana. Mientras Milei habla de recuperación, en los barrios hablan de cómo pagar la comida. Mientras Caputo celebra los números de la economía, hay familias que cuentan los pesos para evitar que les saquen la heladera.

El Excel puede mostrar una recuperación. La puerta de una casa puede mostrar otra cosa. No hay recuperación económica para quien vive con miedo a que le golpeen la puerta. El Gobierno habla de crecimiento mientras otros cuentan cuánto deben. Y cuando no pueden pagar, encima tienen que escuchar que la culpa es de ellos por haberse endeudado.

No se endeudan porque quieren

Hay algo profundamente injusto en esa mirada. No es lo mismo endeudarse para comprar un bien de lujo que endeudarse para comprar comida, medicamentos, pagar una vivienda o sostener a los hijos. No se endeudan porque quieren. Se endeudan porque no les alcanza.

No hay libertad financiera cuando la alternativa es no comer. No se puede culpar al que cae en el pozo sin preguntarse quién cavó el pozo. El endeudamiento de los sectores populares no es un problema moral. Es un problema social y económico. La pobreza no se resuelve culpando al pobre.

Porque cuando una persona tiene que elegir entre comprar alimentos o pagar una deuda, no está tomando una decisión financiera. Está tratando de sobrevivir. Y cuando el sistema formal le cierra todas las puertas, la necesidad no desaparece. Busca otra puerta. Aunque detrás de ella haya usura.

Detrás de cada deuda hay una persona

Por eso hablar solamente de “morosidad” puede resultar engañoso. La palabra parece fría. Técnica. Lejana. Pero detrás de cada deuda hay una madre. Un jubilado. Un trabajador. Una familia. Una casa. Una heladera. Un auto. Un terreno. Todo aquello que una persona construyó durante años.

Y todo eso puede quedar amenazado por una deuda que muchas veces comenzó con algo tan básico como comprar comida. El problema ya no es solamente cuánto debe una familia. El problema es a quién le debe, cuánto le cobran y qué puede pasar cuando no puede pagar. Porque cuando una persona queda fuera del banco, fuera de la billetera virtual y fuera de cualquier posibilidad formal de crédito, no desaparece su necesidad de dinero.

La necesidad sigue ahí. Y alguien ocupa ese lugar. El narcocrédito es el último escalón de un sistema que dejó de proteger a quienes menos tienen. Primero los bancos dejaron de prestar. Después las billeteras virtuales cerraron el grifo. Y finalmente apareció el prestamista del barrio. El que llega en moto. El que lleva efectivo hasta la puerta. El que sabe dónde vivís. El que sabe cuándo cobrás. Y el que puede transformar una deuda en una amenaza.

Mientras tanto, desde el Gobierno hablan de recuperación, crecimiento y estabilidad. Milei y Caputo muestran números y celebran indicadores mientras en los barrios hay personas que no pueden dormir porque alguien les cobra 15 mil pesos diarios de intereses. Y todavía tienen que escuchar que la culpa es de ellos por haberse endeudado.

No. La pregunta no debería ser por qué una familia se endeudó. La pregunta debería ser por qué una familia tuvo que endeudarse para comer. Porque cuando endeudarse es la única forma de sobrevivir, el problema no está solamente en quien pidió el préstamo. El problema está en una sociedad que dejó que la necesidad se convirtiera en negocio.

Y cuando el negocio empieza a cobrarse con amenazas, electrodomésticos, autos, terrenos y miedo, ya no estamos hablando solamente de deuda. Estamos hablando de abandono.

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