El Gobierno tiene nuevo jefe de Gabinete: Santilli desembarca en medio de internas, crisis y desgaste libertario
La salida de Manuel Adorni dejó al descubierto una feroz interna dentro del oficialismo y ahora Javier Milei apuesta por Diego Santilli para intentar recuperar control político y destrabar el Congreso. Pero detrás del cambio aparecen más preguntas que certezas: el avance del PRO, el rol cada vez más fuerte de Mauricio Macri y una Libertad Avanza cada vez más lejos de aquel discurso antisistema que prometía terminar con la vieja política.
POLITICA NACIONAL
Por Julián Pereyra
6/29/20266 min read


La salida de Manuel Adorni finalmente llegó. Y llegó de la peor manera posible para el Gobierno.
No fue una transición ordenada. No fue una decisión estratégica. No fue una renovación planificada. Fue, simplemente, el desenlace inevitable de una crisis política que Javier Milei y Karina Milei intentaron contener hasta el último segundo mientras las denuncias, las internas y el desgaste público hacían cada vez más insostenible la continuidad del ya ex jefe de Gabinete.
Después de semanas de blindajes parlamentarios, operaciones internas, peleas dentro del oficialismo y una acumulación constante de cuestionamientos patrimoniales, el Gobierno terminó haciendo lo que juraba que no iba a hacer: sacrificar a uno de sus funcionarios más protegidos para intentar evitar que el costo político siga creciendo.
Y el reemplazo elegido no podría ser más simbólico.
Diego “El Colo” Santilli desembarca como nuevo jefe de Gabinete en un movimiento que deja al descubierto algo que hasta hace algunos meses parecía imposible para el relato libertario: La Libertad Avanza ya depende completamente de la vieja política que prometía destruir.
Porque mientras Milei sigue hablando de motosierra, antisistema y casta, la Casa Rosada terminó recurriendo a un operador político clásico, con vínculos históricos con el PRO, diálogo con gobernadores y experiencia parlamentaria, para intentar sostener un Gobierno que hace rato empezó a mostrar señales de desorden, desgaste y pérdida de control político.
La caída de Adorni dejó heridas abiertas dentro del oficialismo
Durante meses, el Gobierno intentó sostener a Manuel Adorni aun cuando el escenario ya era explosivo. Las denuncias patrimoniales crecían. Las causas judiciales avanzaban. Las investigaciones sobre movimientos económicos familiares se multiplicaban. En el Congreso empezaban a aparecer aliados incómodos. Y mientras tanto, el costo político se hacía cada vez más difícil de ocultar.
Pero Javier Milei y Karina Milei decidieron blindarlo hasta el final. El problema fue que el blindaje empezó a romperse desde adentro.
Porque mientras la Casa Rosada insistía en sostener a Adorni, dentro del oficialismo comenzaron a aparecer fracturas cada vez más visibles. Patricia Bullrich fue una de las primeras en marcar distancia. Primero llegaron las diferencias silenciosas. Después los gestos políticos. Más tarde las desmentidas públicas. Y finalmente una guerra interna que terminó explotando delante de todos.
La pelea entre Karina Milei y Bullrich dejó de ser un secreto hace tiempo. Y el caso Adorni terminó funcionando como un detonante que dejó completamente expuestas las tensiones dentro del corazón libertario. La salida del ex vocero no cerró el conflicto. Apenas abrió otro capítulo.
Porque el problema ya no es solamente Adorni. El problema es el nivel de desgaste político que empieza a mostrar un oficialismo que hasta hace poco intentaba exhibir disciplina absoluta y obediencia total.
La Libertad Avanza ya no logra esconder sus fracturas
Hubo un momento donde el Gobierno parecía funcionar bajo una lógica de verticalismo total. Quien cuestionaba era apartado. Quien dudaba era disciplinado. Quien se desalineaba quedaba afuera. Pero las últimas semanas mostraron otra cosa.
Mostraron senadores evitando fotos oficiales. Diputados incómodos. Aliados negociando condiciones. Funcionarios enfrentados. Operaciones cruzadas. Y una Casa Rosada cada vez más atravesada por peleas internas. El Congreso se convirtió en un verdadero campo de batalla.
Por un lado, Karina Milei intentando sostener a Adorni a cualquier costo. Por otro, Patricia Bullrich dejando señales cada vez más claras de desgaste y rechazo. Y en el medio, un oficialismo obligado a negociar desesperadamente para evitar que avanzaran interpelaciones, investigaciones y pedidos de remoción.
La guerra interna sigue viva.
Y la llegada de Santilli deja algo todavía más evidente: el Gobierno entendió que ya no podía seguir funcionando solamente con relato ideológico y confrontación permanente. Necesita operadores políticos tradicionales para sobrevivir.
El desembarco de Santilli y el regreso definitivo de la vieja política
Javier Milei fue clarísimo al justificar la designación de Diego Santilli. Habló de “músculo político”. Habló de diálogo con gobernadores. Habló de destrabar reformas en el Congreso. En otras palabras: el Gobierno ahora necesita política tradicional para sostenerse.
Por eso decidió fusionar el Ministerio del Interior con la Jefatura de Gabinete y darle a Santilli un rol mucho más amplio dentro de la estructura oficialista. El problema es el mensaje político que deja todo esto.
Porque La Libertad Avanza pasó años construyendo un discurso basado en destruir a la casta, terminar con los acuerdos de siempre y combatir a los operadores tradicionales. Y hoy termina entregándole el corazón político del Gobierno a uno de los dirigentes más representativos de esa estructura clásica que tanto criticaba.
La motosierra libertaria terminó recurriendo a la vieja política para sobrevivir. Santilli no llega como una figura antisistema. Llega justamente por todo lo contrario: porque conoce el Congreso, conoce las negociaciones, conoce los gobernadores y conoce el funcionamiento tradicional del poder.
El Gobierno ya no busca un vocero agresivo. Busca un armador político que evite nuevas crisis.
Mauricio Macri empieza a aparecer cada vez más fuerte en las sombras
Y acá aparece otro dato imposible de ignorar. Antes de ingresar a Olivos, Diego Santilli fue visto hablando por teléfono con Mauricio Macri. Puede parecer un detalle menor. Pero políticamente no lo es.
Porque mientras Milei intenta sostener el discurso libertario, el PRO empieza a mostrar un peso cada vez más determinante dentro del Gobierno. Macri salió rápidamente a celebrar la designación. Los dirigentes del PRO la festejaron como una victoria política propia. Y muchos dentro del oficialismo ya empiezan a ver algo que hasta hace unos meses parecía impensado: La Libertad Avanza cada vez depende más del macrismo para sostener gobernabilidad.
La pregunta entonces empieza a crecer. ¿Quién tiene realmente el poder dentro del Gobierno? Porque Milei sigue siendo la figura central. Pero cada vez aparecen más señales de que el poder político real empieza a moverse por otros carriles. Macri ya no parece solamente un aliado externo. Empieza a aparecer como uno de los grandes arquitectos políticos en las sombras.
Y eso genera una contradicción enorme para el relato libertario. Porque el Gobierno que prometía terminar con la vieja política ahora parece completamente absorbido por ella.
La imagen de pureza política ya quedó completamente manchada
El problema para La Libertad Avanza ya no pasa solamente por cambiar nombres. Porque reemplazar a Adorni no borra las denuncias. No elimina las internas. No resuelve el desgaste. Y mucho menos recupera automáticamente la confianza perdida. Mucha gente que votó a Milei creyendo que venía algo distinto hoy empieza a mirar con desconfianza lo que ocurre dentro del oficialismo.
Porque las escenas empiezan a parecerse demasiado a aquello que el propio Milei prometía combatir: Blindajes políticos. Operaciones internas. Peleas de poder. Negociaciones parlamentarias. Acuerdos con el PRO. Funcionarios cuestionados. Y un Gobierno cada vez más atrapado por las mismas dinámicas del sistema político tradicional.
La Libertad Avanza prometía destruir la casta. Pero hoy aparece envuelta en internas feroces, escándalos y maniobras de supervivencia política. La imagen de pureza antisistema ya quedó completamente golpeada.
Cambian los nombres, pero las preguntas siguen creciendo
La llegada de Santilli probablemente le dé algo de aire legislativo al Gobierno. Probablemente mejore el diálogo con gobernadores. Probablemente facilite negociaciones parlamentarias. Probablemente reduzca parte del caos interno.
Pero no resuelve el problema de fondo. Porque el desgaste político ya existe. La pérdida de credibilidad ya empezó. Y la sensación de decepción empieza a crecer incluso dentro de sectores que hasta hace poco defendían al oficialismo con entusiasmo.
Cada nueva crisis libertaria deja más preguntas que respuestas. Y la principal de todas empieza a repetirse cada vez más fuerte: ¿Quién gobierna realmente la Argentina?
Porque mientras Milei mantiene el discurso antisistema frente a las cámaras, el poder parece moverse cada vez más alrededor del PRO, de operadores tradicionales y de acuerdos políticos clásicos que contradicen completamente el relato libertario original.
Y mientras Mauricio Macri gana cada vez más protagonismo en las sombras, incluso muchos votantes libertarios empiezan a hacerse una pregunta incómoda:
Si el Gobierno terminó dependiendo del PRO, de acuerdos políticos clásicos y de figuras tradicionales para sostenerse… entonces, ¿qué quedó realmente de aquella promesa de cambio absoluto con la que Javier Milei llegó al poder?
