En el gobierno de Milei se trabaja más para comer menos
En el gobierno de Javier Milei, cada vez más argentinos trabajan jornadas eternas, tienen múltiples empleos y aun así no logran cubrir lo básico. Salarios destruidos, consumo en caída y una sensación creciente de agotamiento marcan una crisis donde el esfuerzo ya no garantiza una vida digna.
Camila Dominguez
5/11/20262 min read


Mientras el presidente Javier Milei insiste en mostrar señales de recuperación económica y festeja el ajuste como un supuesto éxito, en la calle la realidad es otra: millones de argentinos trabajan más horas que nunca y aun así no logran cubrir lo básico. El problema ya no afecta solamente a quienes están desempleados. Hoy también golpea con fuerza a quienes tienen trabajo, pero viven atrapados en una economía que cada día les alcanza menos.
La caída del consumo se siente en supermercados vacíos, comercios que venden cada vez menos y pequeñas fábricas que frenan producción o directamente bajan sus persianas. Pero hay un impacto todavía más duro, menos visible y profundamente cruel: el que sufren quienes dependen del movimiento diario de otros trabajadores para sobrevivir.
Cartoneros que encuentran menos material en las calles. Feriantes que pasan jornadas enteras sin vender. Costureras que perdieron pedidos. Repartidores obligados a trabajar más horas por menos dinero. Cocineras comunitarias que intentan sostener ollas populares con alimentos que ya no alcanzan. Cooperativistas que sobreviven entre atrasos, recortes y abandono.
En la Argentina de Milei, el ajuste no solamente vació bolsillos. También destruyó la rueda económica mínima que permitía subsistir a millones de trabajadores invisibilizados.
Porque cuando una familia deja de consumir, no solo se afecta el comercio formal. También se rompe toda una economía informal que vive del día a día. El vecino que ya no compra en la feria, el almacén que deja de hacer pedidos, el cliente que no puede pagar un arreglo o una changa. Todo empieza a frenarse. Y los primeros en caer son siempre los mismos: los más vulnerables.
Mientras tanto, la reforma laboral impulsada por el Gobierno avanza en medio de fuertes cuestionamientos de sindicatos y organizaciones sociales que denuncian una pérdida de derechos y mayor precarización. Pero lejos de cualquier discusión técnica o judicial, la verdadera urgencia está en los barrios, donde crece el hambre y la desesperación.
Hay trabajadores que apenas pueden garantizar una comida diaria para sus familias. Personas que recorren basura buscando algo para vender o llevar a sus casas. Hombres y mujeres que encadenan jornadas de 12 o 14 horas en condiciones agotadoras para ganar salarios que desaparecen antes de mitad de mes.
La escena se repite en todo el país: comedores comunitarios desbordados, ollas populares sostenidas con esfuerzo extremo y vecinos que llegan pidiendo ayuda después de haber trabajado toda la semana. Esa es quizás la imagen más dolorosa de la crisis actual: gente con empleo que igualmente necesita asistencia para comer.
Y aun así, desde el oficialismo siguen hablando de sacrificio, de paciencia y de esperar que “el mercado acomode las cosas”.
Pero cada vez cuesta más sostener ese discurso frente a una realidad donde el esfuerzo ya no alcanza para vivir dignamente. Porque trabajar dejó de ser sinónimo de progreso. Hoy, para millones de argentinos, trabajar significa sobrevivir.
Lo más preocupante es que este deterioro empieza a naturalizarse. Como si fuera normal vivir agotado, comer menos y resignar derechos básicos solo para mantenerse a flote. Como si el hambre y la precarización fueran daños inevitables de un modelo económico.
En el gobierno de Milei, la crisis no solo golpea el bolsillo. También destruye la tranquilidad, el futuro y la dignidad de quienes todos los días sostienen el país con su trabajo.
