Interna libertaria al rojo vivo: la pelea Villarruel–Petri expone la fragilidad del Gobierno

La interna libertaria escaló del Congreso a las redes sociales en cuestión de horas. Tras el gesto frío del Presidente en la apertura de sesiones y las acusaciones públicas de Luis Petri, Victoria Villarruel respondió con dureza y dejó al descubierto una fractura que ya no se puede disimular. En medio de cruces, reproches y pases de factura, el oficialismo vuelve a mostrar más conflictos internos que cohesión política.

POLITICA NACIONAL

Por Camila Domínguez

3/3/20264 min read

La apertura de sesiones ordinarias no solo dejó un discurso presidencial cargado de confrontación y polémica. También funcionó como el escenario donde terminó de detonarse una interna que el oficialismo venía disimulando con dificultad: la disputa entre la vicepresidenta Victoria Villarruel y el Gobierno libertario. Lo que comenzó como un gesto frío en el Congreso terminó en un cruce feroz por redes sociales que volvió a exponer la fragilidad de la cúpula gobernante.

La jornada legislativa ya venía atravesada por un clima espeso. Amplios sectores calificaron la ceremonia como un bochorno absoluto, un show lamentable protagonizado por el presidente Javier Milei, quien convirtió el acto institucional en un discurso confrontativo, con insultos a la oposición y un tono más cercano al de un panel televisivo que al de una Asamblea Legislativa. En ese marco de tensión, hubo otro detalle que no pasó desapercibido: el trato distante y casi glacial hacia su vicepresidenta.

Desde el saludo protocolar hasta el cierre, la relación entre Milei y Villarruel quedó expuesta ante las cámaras. El Presidente no solo evitó gestos de cercanía, sino que además deslizó una frase que muchos interpretaron como un misil directo a su compañera de fórmula. Al referirse a quienes “soñaban con el sillón de Rivadavia”, el mandatario dejó flotando una acusación implícita que alimentó las versiones sobre desconfianzas y rencores internos. No fue una alusión menor: en política, las frases en escenarios institucionales pesan, y más cuando provienen del propio jefe de Estado.

El mensaje fue claro para quienes siguen de cerca la dinámica del oficialismo: la fractura en la cúpula del poder ya no se oculta. Lo que hasta hace algunos meses era rumor de pasillo o trascendido off the record, ahora se expresa en cadena nacional y frente a la Asamblea Legislativa.

Pero el capítulo no terminó ahí. Horas después, el diputado libertario Luis Petri recogió el guante y decidió profundizar la embestida. En declaraciones a medios de comunicación, acusó a Villarruel de ser “funcional a la oposición” y de apostar al “fracaso del Gobierno”. La señaló por supuestamente abrir espacios parlamentarios que, según su interpretación, perjudicaban el programa económico oficial. En otras palabras, la puso en el banquillo de los acusados dentro de su propio espacio político.

Las declaraciones no hicieron más que echar nafta al fuego. Si el discurso presidencial había insinuado una fisura, Petri la convirtió en grieta visible. En un Ejecutivo que ya arrastra tensiones por estrategias legislativas, diferencias de posicionamiento y disputas por protagonismo, la acusación pública de “funcionalidad” a la oposición no es un detalle menor. Es una señal de ruptura.

La respuesta de Villarruel no se hizo esperar y llegó por el canal que hoy estructura buena parte del debate político: la red social X. Allí, la vicepresidenta apuntó con dureza contra Petri, lo acusó de haber vaciado el IOSFA durante su gestión en Defensa y lo responsabilizó por el deterioro de la obra social de las Fuerzas Armadas. Pero no se quedó en la crítica administrativa. Agregó ironía y desdén al mencionar que lo conocía “por sus cosplays y por los trencitos de la alegría con el Presidente Milei”, una frase que rápidamente se viralizó y que terminó de incendiar la interna.

El cruce dejó de ser una diferencia política para convertirse en un enfrentamiento personal y público. De la Asamblea Legislativa a los estudios de televisión y de ahí a las redes sociales, la pelea se desarrolló en tiempo real, con reproches cada vez más duros y acusaciones de gestión que rozan lo judicial.

El episodio vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que el oficialismo no logra resolver: su fragilidad interna. Desde la asunción del Gobierno, las tensiones no han sido la excepción sino la regla. Disputas por espacios de poder, diferencias estratégicas y cruces discursivos forman parte de una dinámica que parece permanente. Con ironía, más de un observador señala que el oficialismo acumula más internas que un club de fútbol en crisis, donde cada partido perdido desata una pelea en el vestuario.

La diferencia es que aquí no se trata de un torneo deportivo sino de la conducción del Estado. Y cada fractura en la cima del poder impacta en la capacidad de gestión y en la percepción pública de estabilidad. Cuando la vicepresidenta y un diputado del propio espacio se acusan mutuamente en términos tan duros, el mensaje hacia adentro y hacia afuera es inequívoco: la cohesión es débil.

El trasfondo político tampoco es menor. Villarruel, con perfil propio y construcción diferenciada, nunca fue una figura completamente subsumida al liderazgo presidencial. Petri, alineado con la conducción libertaria, aparece como uno de los voceros más duros frente a cualquier desvío interno. El choque, entonces, no es solo personal: es también la expresión de una disputa por poder, influencia y proyección futura.

Mientras tanto, el país enfrenta desafíos económicos y sociales profundos. La inflación, el empleo, la caída del consumo y la tensión social exigen coordinación y liderazgo claro. Sin embargo, la imagen que deja este nuevo episodio es la de una cúpula gobernante absorbida por sus propias disputas.

La apertura de sesiones ordinarias, que ya había sido escenario de polémicas por el tono presidencial, terminó funcionando como el punto de partida de una interna que hoy domina la agenda política. Y lo que queda a la vista es una contradicción evidente: un Gobierno que se presenta como decidido a transformar el país, pero que convive con conflictos internos constantes.

En definitiva, mientras la Argentina atraviesa un momento complejo que demanda previsibilidad y cohesión, la dirigencia libertaria vuelve a enredarse en disputas personales que debilitan su autoridad. Lejos de consolidarse como un bloque compacto, el oficialismo parece moverse en un equilibrio inestable, donde cada gesto y cada declaración pueden detonar una nueva crisis. Un Gobierno que prometía orden y firmeza, pero que por ahora parece vivir en permanente estado de conflicto interno.