La carne en caída libre: se desploma el consumo y el asado se convierte en un lujo

El consumo de carne vacuna sigue en caída libre: cada vez se compra menos, el asado aparece con menos frecuencia en las mesas y casi cinco kilos por persona desaparecieron del consumo anual. Con la faena y el stock ganadero también en baja, el país de la carne enfrenta una realidad cada vez más difícil de esconder.

NACIONALSOCIEDAD

Por Camila Domínguez

9/15/20265 min read

Hay algo profundamente absurdo y doloroso en lo que está ocurriendo. Estamos en la Argentina, el país que construyó parte de su identidad alrededor de la carne, el que convirtió el asado en ritual de domingo, en símbolo de abundancia y de encuentro familiar, y resulta que cada vez más gente mira el precio del vacío o del asado y lo deja pasar.

El consumo se desplomó y sigue en picada. No hay un piso claro a la vista. Se consumen casi cinco kilos menos de carne por persona que hace un año. La era Milei, señoras y señores.

Los números de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA) son elocuentes y difíciles de relativizar. En los últimos doce meses las ventas cayeron un 10 %. El consumo per cápita se ubicó en 46 kilos anuales: 9,5 % menos que un año atrás, alrededor de 4,9 kilos menos por habitante. En los primeros ocho meses de 2026 se faenaron 1,377 millones de toneladas res con hueso, unas 175.600 toneladas menos que en el mismo período de 2025. En agosto, los frigoríficos procesaron 1,011 millones de cabezas, un 12,9 % por debajo de agosto del año anterior. Menos carne en los mostradores, menos hacienda disponible, menos todo.

El stock ganadero también está en caída

El stock ganadero viene contrayéndose desde hace años. De más de 60 millones de cabezas pasamos a alrededor de 49 millones. Alberto Samid lo resume con crudeza: venimos perdiendo 500 mil cabezas. “Nos quedamos sin vacas y sube el precio. A diferencia de Paraguay, Uruguay y Brasil. Somos los únicos que fuimos para atrás”, afirma. Y agrega un detalle que debería generar alarma: llegan a los mataderos vacas preñadas, a punto de parir, y en lugar de devolverlas al campo se las faena. “La vaca tiene la misma gestación que el ser humano. Y cuando tiene siete meses la mandan al matadero. Porque tiene casi 200 kilos más y se vende por kilo”. Principalmente en los frigoríficos que exportan a China.

La lógica es clara: el kilo inmediato pesa más que el futuro del rodeo. Samid no le echa toda la culpa a este gobierno. “Esto viene de todos los gobiernos. No es sólo de este. Con este se incrementa, pero viene desde hace 20 años atrás”.

Tiene razón en el diagnóstico de largo plazo. Pero también es cierto que en esta etapa la caída se profundizó y se volvió más visible, más dolorosa para el bolsillo de la gente.

La carne que desaparece del mostrador

En el mostrador de todos los días la realidad se siente distinto. Gonzalo Moreira, dueño de carnicerías en Capital Federal, lo describe sin vueltas: la caída de las ventas no es solo por la situación económica. Hay un cambio de hábitos. “Hace 20 años el mostrador era 90 por ciento de carne y 10 por ciento de cerdo y pollo. Hoy la gente come mucho pollo, mucho más sano. Y el pollo y el cerdo son más económicos”. En barrios como Caballito la suprema se impuso. “Es más fácil llegar a fin de mes”, reconoce. Y lanza un dato que pesa: un kilo de lomo ronda los 30 mil pesos. “A mí no me sobra asado después del fin de semana”.

Te prometieron asado todos los findes y ya ni ese lujo te podés dar. Esa frase resume el contraste brutal entre la promesa y la realidad.

El asado dejó de ser un derecho implícito de la argentinidad y se transformó en un gasto que hay que calcular dos veces. El ritual del domingo —el fuego, el humo, la charla alrededor de la parrilla— se vuelve cada vez más esporádico. La identidad que durante décadas se construyó alrededor de la carne barata y abundante choca ahora con mostradores caros y bolsillos flacos.

La “libertad” y el precio de la carne

La “libertad” de la que tanto se habla se traduce, en la práctica, en que mucha gente elige pollo y huevo porque es lo que alcanza, mientras se faenan vacas preñadas para sumar kilos a la exportación.

El mercado decide. Y el mercado está decidiendo que el rodeo nacional se achique y que el consumo interno se resienta. No hay una política activa de cuidado del stock. No hay señales claras de que se busque frenar la liquidación de vientres. Hay, en cambio, la convicción de que cualquier intervención sería peor. El resultado está a la vista.

Esto no nació en diciembre de 2023. El deterioro del stock y la pérdida de competitividad relativa frente a los vecinos vienen de lejos. Pero en los últimos años la caída del poder adquisitivo aceleró el proceso y lo volvió más injusto.

La gente no dejó de comer carne vacuna por una súbita conversión saludable. Dejó de comerla porque el precio se escapó y porque hay alternativas más baratas. El pollo y el cerdo ganaron terreno por necesidad más que por convicción.

Una caída que todavía no encuentra piso

Lo más preocupante es la sensación de que no existe un piso. El consumo sigue cayendo. La faena se retrae. El stock no se recupera. Y no se percibe una estrategia para revertir la tendencia. Mientras tanto, el país que se jactaba de alimentar al mundo con su carne mira cómo sus propios habitantes reducen la porción o directamente la reemplazan.

El asado no es solo comida. Es memoria, es encuentro, es una forma de estar juntos que atraviesa clases sociales. Cuando ese gesto se vuelve privilegio, algo más profundo se resiente. No se trata de nostalgia tonta ni de negarse a los cambios de hábitos. Se trata de registrar que en el país de la carne cada vez más argentinos están comiendo menos carne, y que los números confirman que la caída no se detiene.

Menos carne, menos consumo, menos bolsillo

46 kilos por persona. Casi cinco kilos menos que el año pasado. Ventas en baja, faena en baja, stock en baja. Vacas preñadas que terminan en el gancho porque suman peso. Carniceros que ya no ven sobrar el asado del fin de semana. Precios que empujan a la gente hacia el pollo. Y una promesa de abundancia que, por ahora, se parece demasiado a su contrario.

La bronca no es gratuita. Nace de la evidencia.

Nace de la distancia cada vez más grande entre lo que este país cree ser y lo que efectivamente está ocurriendo en las carnicerías y en las mesas. El país de la carne que, silenciosamente, está dejando de comerla.

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