Llegó el día: hoy juega la Selección y Argentina sueña con otra final del mundo
Llegó el día que millones de argentinos esperaban. Se terminó la ansiedad, la cuenta regresiva y la espera interminable. La Selección Argentina enfrenta a Inglaterra por un lugar en la final del Mundial 2026 y el país entero ya vive una jornada cargada de nervios, ilusión y esperanza. No será un partido más: es una semifinal con historia, emoción y el sueño intacto del bicampeonato. Hoy juega Argentina. Hoy juega un país entero.
DEPORTES
Por Armando Ramirez
7/15/20264 min read


Llegó el día.
Se terminó la espera. Se terminaron las cuentas regresivas. Se terminaron los "faltan dos días", los "¿a qué hora juega?" y los análisis infinitos de cada posible formación. Ya no queda espacio para especular. Hoy juega la Selección Argentina una semifinal del Mundial 2026 frente a Inglaterra. Y para cualquier argentino, eso jamás será un partido más.
Desde que amaneció, el país entró automáticamente en modo Mundial. Nadie trabaja del todo concentrado. Los grupos de WhatsApp explotan desde temprano. Los memes circulan a una velocidad imposible de seguir. El mate pasa de mano en mano. El café ya quedó corto para combatir semejante mezcla de ansiedad y expectativa. Y, como marca la tradición futbolera argentina, empiezan a aparecer las clásicas "pastillas para los nervios", siempre en tono de broma... aunque más de uno las necesite de verdad.
Se terminó la manija. Hoy arranca el verdadero operativo supervivencia emocional. Porque los nervios ya no entran en el cuerpo.
Hay quienes ya acomodaron el sillón donde vieron todos los partidos. Otros decidieron no lavar la camiseta porque "viene dando suerte". Están los que no responden mensajes durante los noventa minutos porque creen que distraerse puede traer mala fortuna. También aparecen los supersticiosos profesionales, capaces de repetir exactamente la misma rutina desde el debut porque están convencidos de que cualquier cambio puede alterar el destino.
Así se vive un Mundial en Argentina. Y mucho más cuando enfrente aparece Inglaterra. Porque no es solamente una semifinal. Es Inglaterra. Y no hace falta explicar demasiado por qué este partido siempre se siente diferente.
Hay encuentros que valen una final. Hay otros que quedan grabados por generaciones. Y después están estos partidos, donde el peso de la historia aparece inevitablemente, donde el rival despierta emociones distintas y donde cada pelota parece cargada de un significado especial.
Sin necesidad de convertir este encuentro en otra cosa distinta de un partido de fútbol, resulta imposible negar que cada cruce entre Argentina e Inglaterra ocupa un lugar único dentro de la memoria colectiva de los argentinos.
Por eso la expectativa se multiplica. Porque además del rival está el enorme objetivo deportivo. La Selección está a un solo paso de volver a disputar una final del mundo. España ya espera rival. El sueño del bicampeonato sigue completamente vivo. Quedan apenas dos partidos para escribir otra página gigantesca en la historia del fútbol argentino.
Y eso hace que la ilusión vuelva a crecer. Porque este equipo ya demostró que sabe sufrir. Argentina no llegó hasta acá caminando. Llegó peleando cada partido. Llegó mostrando carácter cuando el juego no aparecía. Llegó atravesando momentos difíciles, sacando adelante partidos largos, incómodos y desgastantes. Cuando el fútbol alcanzó, jugó. Cuando no alcanzó, apareció el corazón.
Y eso también explica por qué sigue siendo candidata.
Lionel Scaloni volvió a construir un equipo competitivo, solidario y convencido de su identidad. Un grupo que nunca baja los brazos. Un plantel que entiende perfectamente que los Mundiales no siempre los ganan quienes mejor juegan, sino muchas veces quienes mejor resisten.
Y en el centro de toda esa ilusión vuelve a aparecer Lionel Messi. ¿Qué más se puede decir? A los 39 años sigue desafiando toda lógica.
Mientras muchos imaginaban que ya estaría disfrutando del retiro, él vuelve a ponerse la camiseta argentina para disputar otra semifinal del mundo. Además, este partido tendrá un condimento muy especial: será la primera vez que Messi enfrente a Inglaterra en una Copa del Mundo. Un capítulo que increíblemente todavía faltaba en una carrera que parece haberlo vivido absolutamente todo.
Cada partido suyo empieza a sentirse irrepetible. Cada vez que pisa una cancha con la celeste y blanca parece que todo un país intenta guardar otro recuerdo más. Hay que disfrutarlo. Porque jugadores como Messi no aparecen dos veces. Y mientras él conduce la ilusión, millones de argentinos harán exactamente lo mismo desde sus casas, los bares, las oficinas, las plazas o cualquier lugar donde exista una pantalla.
Los bares estarán llenos mucho antes del comienzo. Las oficinas quedarán prácticamente vacías.
Las calles perderán movimiento durante dos horas. Las familias volverán a reunirse alrededor del televisor como ocurre solamente durante un Mundial. Durante noventa minutos —o ciento veinte, o penales, porque con esta Selección ya aprendimos que cualquier cosa puede pasar— Argentina dejará de discutir absolutamente todo lo demás.
Hoy solamente importa una camiseta. Hoy solamente importa una pelota. Y eso es lo maravilloso que tiene un Mundial. Durante un Mundial todos volvemos a ser un poco chicos. No importa si alguien tiene veinte, cuarenta o setenta años. Los nervios son exactamente los mismos.
La ansiedad también. Todos miramos el reloj. Todos imaginamos el partido. Todos armamos el equipo ideal aunque Scaloni nunca nos pregunte. Todos discutimos si juega este o aquel. Todos hacemos pronósticos que cambian cinco veces antes del pitazo inicial. Y todos, absolutamente todos, soñamos con lo mismo.
Con volver a ver a Argentina levantando la Copa. Porque el Mundial tiene esa magia que ningún otro torneo consigue. Durante algunas horas desaparecen las diferencias. Las camisetas de los clubes quedan guardadas. El color político deja de importar. Las discusiones cotidianas hacen una pausa. Todo queda suspendido alrededor de una única ilusión colectiva.
Eso también explica por qué el fútbol ocupa un lugar tan especial en la cultura argentina. No es solamente un deporte. Es una forma de emocionarse juntos. Es una excusa para abrazarse con desconocidos. Es la posibilidad de volver a creer que todo puede salir bien.
Y hoy vuelve a aparecer esa oportunidad. Llegó el día que todos esperaban. Se terminó la ansiedad. Ya no queda lugar para estadísticas, simulaciones ni pronósticos. Llegó la hora de jugar.
Noventa minutos —o quizás algunos más— separan a la Selección de otra final del mundo y del sueño inmenso del bicampeonato. Del otro lado estará Inglaterra, un rival que nunca será uno más. Del nuestro, millones de argentinos con el corazón acelerado, la garganta lista para gritar y la ilusión intacta.
Porque hoy no juega solamente un equipo. Hoy juega un país entero. Y cuando el árbitro marque el comienzo y la pelota empiece a rodar en Atlanta, volverá a nacer esa esperanza que solamente la camiseta celeste y blanca es capaz de despertar.
Que empiece el partido. Argentina está lista. Y todo un país también.
