Los 1000 días de Milei: cuando los datos chocan con el relato

A 1.000 días de la llegada de Javier Milei al poder, los números empiezan a chocar de frente con el relato oficial. El consumo masivo cayó, el bolsillo sigue golpeado y la inflación acumulada llegó al 241%. Alimentos, limpieza, higiene, ventas minoristas y bienes durables muestran una realidad difícil de esconder: mientras el Gobierno celebra sus resultados macroeconómicos, los argentinos siguen haciendo malabares para llegar a fin de mes.

NACIONAL

Por Julián Pereyra

9/7/20269 min read

Mil días. Casi tres años de gobierno. Tiempo suficiente para que los discursos empiecen a chocar contra los números y para que la realidad cotidiana termine pesando más que cualquier relato político.

El Gobierno de Javier Milei puede mostrar superávit fiscal, acumulación de reservas y una desaceleración de la inflación respecto del momento más crítico de su llegada al poder. Puede defender su programa económico y repetir que la Argentina atraviesa un proceso de transformación profunda.

Pero hay un dato que resulta bastante más difícil de maquillar: los argentinos consumen menos.

Y no se trata solamente de dejar de comprar un televisor, cambiar el auto o postergar una compra importante. El deterioro alcanza productos básicos de todos los días. Alimentos. Limpieza. Higiene. El changuito. El supermercado. El comercio de barrio.

Ahí aparece la verdadera pregunta que atraviesa estos primeros 1.000 días: ¿De qué sirve hablar de estabilidad macroeconómica si los argentinos consumen cada vez menos?

Porque una economía no vive en una planilla de Excel. Vive en las casas, en los comercios, en los supermercados y en los bolsillos. Y cuando esos bolsillos empiezan a quedarse sin margen, el problema deja de ser una discusión técnica para convertirse en una realidad social.

El dato que deja expuesto al Gobierno

Los números de la encuesta de supermercados del Indec muestran una situación particularmente incómoda para el oficialismo. En enero de 2024, el índice de ventas en supermercados se encontraba en 84,4 puntos. En junio de 2026 había descendido hasta 82,2 puntos.

Son 2,2 puntos menos. Puede parecer poco si se lo mira aisladamente. Pero la comparación con los gobiernos anteriores cambia completamente la dimensión del dato. Durante el mismo período del gobierno de Alberto Fernández, las ventas en supermercados pasaron de 87 puntos en enero de 2020 a 90,7 puntos en junio de 2022. Es decir, aumentaron aproximadamente 3,7 puntos. Durante el gobierno de Mauricio Macri, tomando el período comparable disponible entre enero de 2017 y junio de 2018, el índice pasó de 99,3 a 99,1 puntos. Una caída de apenas 0,2 puntos.

Y acá aparece lo verdaderamente llamativo. Estamos comparando a Milei con dos gobiernos que terminaron atravesando crisis económicas severas. Sin embargo, en esta etapa de la gestión libertaria el consumo masivo presenta una caída que no se había registrado de la misma manera en esos períodos.

La serie utilizada es la tendencia-ciclo de la encuesta de supermercados del Indec, con base 2017=100. Es decir, no estamos hablando simplemente de una fotografía aislada de un mes determinado, sino de una medición que busca mostrar la tendencia de largo plazo. Y esa tendencia es incómoda. El consumo cayó.

El derrumbe está en el changuito

Hay algo que los números macroeconómicos muchas veces esconden. La gente compra. O deja de comprar. Y cuando deja de comprar determinados productos, hay una señal que no debería ser ignorada.

El problema del consumo durante estos 1.000 días no aparece solamente en bienes considerados secundarios. También se observa en categorías esenciales como alimentos, limpieza e higiene. Ese dato es especialmente fuerte porque estamos hablando de productos que forman parte de la vida cotidiana. Cuando una familia reduce la cantidad de productos que lleva del supermercado, no necesariamente está tomando una decisión económica sofisticada. Muchas veces simplemente está haciendo cuentas. Una marca por otra. Un producto menos. Una compra postergada. Una cantidad menor. Un changuito que cuesta lo mismo o más, pero lleva menos cosas. Eso también es economía. Y probablemente sea una de las formas más concretas de medir qué está pasando con el poder adquisitivo.

El Gobierno puede discutir variables macroeconómicas durante horas. Puede defender sus resultados fiscales y monetarios. Pero hay una pregunta que sigue ahí:

¿Qué está pasando con la capacidad real de las familias para consumir?. Los datos disponibles muestran una respuesta difícil de ignorar.

No es solamente el supermercado

El problema se vuelve todavía más amplio cuando se observa el consumo masivo en su conjunto. Según los datos de Scentia proporcionados, la medición que incluye supermercados, comercios de barrio, farmacias, kioscos y comercio electrónico muestra que el consumo masivo se encuentra actualmente 25% por debajo de diciembre de 2023.

Si se excluye enero de 2024, marcado por la fuerte disparada inflacionaria inicial, la caída es de aproximadamente 10% respecto de ese mes. Y hay otro dato que profundiza la preocupación: el consumo masivo cayó durante cada uno de los siete meses de 2026.

No es un tropiezo aislado. No es un mal mes. No es solamente una temporada complicada. Es una tendencia. Mientras tanto, el consumo nunca consiguió volver a los niveles récord registrados en diciembre de 2023.

Por eso resulta difícil aceptar que todo pueda explicarse simplemente como una consecuencia inevitable de la situación heredada. La herencia económica importa. El punto de partida importa. La inflación que recibió el Gobierno importa. Pero después de 1.000 días también importan los resultados. Y uno de esos resultados está en la góndola.

Las PyMEs también sienten el golpe

Cuando la gente consume menos, alguien del otro lado vende menos.

Ese alguien puede ser el supermercado, pero también puede ser el comerciante de barrio, la pequeña empresa o el trabajador que depende de ese movimiento económico. Los datos de CAME incluidos en el análisis muestran que las ventas minoristas de las PyMEs cayeron 19% desde noviembre de 2023.

Hay un dato adicional que vuelve todavía más evidente la situación: solamente en octubre de 2025 las ventas estuvieron por encima del último mes previo a la llegada de Milei.

El resto del período permaneció por debajo de aquel nivel. Detrás de ese porcentaje hay negocios que tienen menos movimiento. Hay comerciantes que venden menos. Hay familias que compran menos. Y hay una economía cotidiana que se achica. Porque el consumo no es solamente una cifra.

Es actividad. Es trabajo. Es ingreso. Es movimiento comercial. Cuando se retrae durante demasiado tiempo, sus efectos terminan recorriendo toda la economía.

Los bienes durables tampoco escapan

Podría argumentarse que el problema está concentrado en el consumo cotidiano. Pero los datos sobre bienes durables muestran que la situación tampoco es sencilla allí. El patentamiento de automóviles cayó 8% interanual en 2024. En 2025 hubo una recuperación extraordinaria del 47%. Pero durante enero-agosto de 2026 volvió a aparecer una caída: 13%.

Los niveles, además, continúan lejos de los récord de patentamientos registrados a comienzos de 2018. Algo similar ocurre con los electrodomésticos. Durante el segundo trimestre de 2026, sus ventas aumentaron 12,4% interanual a precios corrientes. La cifra, a primera vista, podría parecer positiva. Pero hay una diferencia fundamental entre vender más pesos y vender más productos. Cuando se descuenta el efecto de los precios, ese crecimiento nominal representa aproximadamente una caída del 15% en términos reales. Y esa diferencia es fundamental para entender el problema. Porque si los precios aumentan mucho más rápido que las cantidades vendidas, la economía puede mostrar crecimiento en pesos mientras, en la práctica, las familias compran menos.

El número nominal puede subir. El consumo real puede caer. Y eso es exactamente lo que importa cuando se habla del bolsillo.

El otro gran problema: 241% de inflación

A esta altura aparece otro número imposible de ignorar: La inflación acumulada desde la asunción de Milei hasta julio de 2026 llegó al 241%.

Para comparar, durante el período equivalente de Mauricio Macri —de diciembre de 2015 a julio de 2018— fue del 112%. Durante el período equivalente de Alberto Fernández —de diciembre de 2019 a julio de 2022— alcanzó el 200%. Es cierto que existen diferencias importantes entre los contextos. Milei recibió una inflación mensual particularmente elevada y la fuerte devaluación de diciembre de 2023 tuvo un impacto decisivo sobre el índice de precios. También es cierto que la inflación comenzó a desacelerarse respecto del punto de partida. Pero hay algo que ninguna explicación técnica puede borrar.

Para una familia, una inflación acumulada del 241% significa que los precios aumentaron brutalmente durante estos primeros 1.000 días.

Y desacelerar la inflación no significa automáticamente recuperar todo lo que se perdió. Si los precios siguen subiendo, aunque lo hagan a una velocidad menor, el bolsillo sigue enfrentando aumentos. Por eso la discusión no puede terminar en si el IPC mensual es menor que antes. Hay que mirar qué ocurrió con los ingresos. Y, sobre todo, qué ocurrió con el consumo.

El relato macroeconómico frente a la vida cotidiana

El Gobierno tiene sus argumentos. Habla de superávit fiscal. Habla de reservas. Habla de estabilidad. Habla de una reducción de la inflación. Todos esos indicadores pueden formar parte de una evaluación económica. Pero no pueden ser los únicos. Porque hay otra economía. La de la persona que entra al supermercado y calcula cuánto puede llevar. La del comerciante que espera clientes que no llegan. La de la familia que posterga la compra de un electrodoméstico. La del trabajador que deja de pensar en cambiar el auto porque primero tiene que cubrir los gastos del mes.

Esa economía también existe. Y no puede ser descartada porque no aparezca en el discurso oficial.

Después de 1.000 días, el verdadero desafío es explicar cómo puede convivir una mejora en determinados indicadores macroeconómicos con una retracción tan marcada del consumo. Porque si la estabilidad no llega al bolsillo, la pregunta sobre quién está pagando el costo de esa estabilidad se vuelve inevitable.

Mil días ya son suficientes para mirar los resultados

Hay un argumento que aparece una y otra vez: la herencia. Y sí, la herencia importa. El Gobierno recibió una economía con enormes problemas, una inflación muy elevada y desequilibrios acumulados durante años. Pero una gestión no puede ser evaluada eternamente por el punto de partida.

Mil días ya son suficientes para mirar los resultados. Y mirar los resultados significa observar no solamente cuánto recauda el Estado o cuánto acumula el Banco Central. Significa mirar qué pasa con la gente.

¿Compra más o compra menos? ¿Puede sostener su consumo? ¿Puede acceder a bienes durables? ¿Los comercios venden más? ¿Las PyMEs recuperaron sus niveles anteriores? ¿El crédito ayuda a sostener el consumo o empieza a convertirse en otro problema?. Los datos proporcionados muestran señales preocupantes en prácticamente todos esos frentes.

El consumo masivo se retrajo. Las ventas minoristas de las PyMEs cayeron. Los bienes durables muestran retrocesos. El consumo de electrodomésticos cayó en términos reales. Y la inflación acumulada alcanzó el 241%.

No es un dato aislado. Es un cuadro.

El crédito tampoco puede sostener eternamente el consumo

Hay otro elemento que completa este escenario. La compra de bienes durables parece haber alcanzado su pico hacia mediados de 2025 para luego comenzar a retroceder junto con una retracción de los préstamos familiares y una morosidad récord.

Y esto importa porque durante un tiempo el crédito puede funcionar como un puente. Permite comprar hoy y pagar después. Pero ese mecanismo tiene un límite. Cuando los ingresos no alcanzan y las familias empiezan a acumular dificultades para cumplir con sus obligaciones, el crédito deja de ser una herramienta para sostener el consumo y empieza a convertirse en otro problema.

Por eso el deterioro del consumo no puede analizarse de manera aislada. Está conectado con los ingresos. Con los precios. Con el crédito. Con el endeudamiento. Con la capacidad real de las familias para sostener su nivel de vida. Todo forma parte del mismo cuadro.

El verdadero termómetro de estos 1.000 días

Al final, la discusión vuelve siempre al mismo lugar. El supermercado. El comercio. El changuito. La compra del mes. Porque ahí no hay relato. Hay números concretos. Y hay decisiones concretas. Comprar o no comprar. Llevar uno o llevar dos. Cambiar una marca. Postergar una compra. Cancelar un proyecto. Esperar. Ajustar.

Mil días después de la llegada de Javier Milei al Gobierno, esos comportamientos están mostrando una realidad que debería preocupar incluso a quienes defienden el programa económico oficial.

Porque una economía puede mostrar una mejora en determinados indicadores y, al mismo tiempo, tener una sociedad que siente que retrocede. Y cuando esa sensación se transforma en datos de consumo, el problema adquiere otra dimensión. Milei puede celebrar el superávit. Puede destacar las reservas. Puede defender la desaceleración de la inflación. Pero hay un dato que no se puede esconder detrás de ninguna presentación: los argentinos consumen menos.

Y no consumen menos solamente en bienes secundarios. La caída alcanza alimentos. Limpieza. Higiene. Comercios. PyMEs. Automóviles. Electrodomésticos. Al mismo tiempo, la inflación acumulada llegó al 241%.

Después de 1.000 días, el problema ya no es solamente cómo recibió la economía Javier Milei. El problema es dónde está la gente. Y si el consumo funciona como uno de los grandes termómetros de la economía real, la respuesta resulta incómoda.

El bolsillo argentino sigue retrocediendo.

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