Milei y Thatcher antes del Argentina-Inglaterra: una admiración que choca con la memoria de Malvinas
En la previa de la semifinal entre Argentina e Inglaterra, vuelven al centro de la escena las reiteradas declaraciones de Javier Milei en elogio a Margaret Thatcher. Mientras millones de argentinos reviven el peso simbólico de un duelo atravesado por la memoria de Malvinas, la admiración pública del Presidente por la ex primera ministra británica vuelve a abrir un intenso debate político sobre patriotismo, símbolos e identidad nacional.
POLITICA NACIONAL
Por Julián Pereyra
7/13/20264 min read


Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay partidos que reabren heridas que nunca terminaron de cerrar.
Este miércoles, Argentina e Inglaterra se van a encontrar en la semifinal del Mundial. Otra vez la camiseta albiceleste frente a la inglesa. Otra vez el fútbol mezclándose con la historia. Otra vez Malvinas apareciendo, inevitablemente, detrás de cada bandera, de cada himno y de cada gol.
Pero esta vez existe un ingrediente político imposible de ignorar. La Argentina llega a este partido con un presidente que nunca ocultó su admiración por Margaret Thatcher.
No fue un comentario aislado. No fue un desliz. Javier Milei la definió públicamente como una dirigente "brillante", la ubicó entre los grandes líderes del siglo XX junto a Winston Churchill y Ronald Reagan, la defendió durante el debate presidencial frente a Sergio Massa y volvió a reivindicar su figura en una entrevista con la BBC.
Cada una de esas declaraciones fue realizada sabiendo perfectamente quién representa Thatcher para millones de argentinos. Porque en nuestro país Thatcher nunca será solamente una referente liberal.
Nunca será únicamente una ex primera ministra británica. Para la memoria colectiva argentina, Thatcher es también la mujer que condujo al Reino Unido durante la Guerra de Malvinas. La responsable política del gobierno británico durante un conflicto que dejó 649 argentinos muertos, centenares de heridos y una marca que todavía atraviesa generaciones.
Y eso convierte cada elogio hacia su figura en una decisión política cargada de simbolismo.
No es un debate económico
Cada dirigente tiene derecho a admirar las ideas económicas que considere convenientes.
El problema aparece cuando esa admiración se dirige hacia una figura cuya historia está inseparablemente ligada a uno de los episodios más dolorosos para la Argentina. Porque Milei nunca eligió como ejemplo únicamente un programa económico.
Eligió elogiar a quien, para buena parte del país, representa la derrota militar, el hundimiento del ARA General Belgrano y una guerra que sigue siendo una herida abierta. Por eso la discusión ya no pasa solamente por el liberalismo. Pasa por el lugar que ocupa la memoria nacional en el discurso presidencial.
Un símbolo que el propio Gobierno construyó
Nadie obligó a Milei a convertir a Thatcher en una referencia permanente. Fue una decisión propia. Y cuando un Presidente elige determinados símbolos, esos símbolos inevitablemente vuelven.
Este miércoles volverán con una fuerza enorme.
Porque mientras millones de argentinos estarán alentando a la Selección, resultará imposible no recordar que quien ocupa la Casa Rosada viene reivindicando desde hace años a la principal figura política del Reino Unido durante la guerra de 1982. No porque alguien quiera instalar una polémica artificial. Sino porque fue el propio Presidente quien la instaló con sus declaraciones.
Hay admiraciones que tienen consecuencias
Milei suele afirmar que una cosa es la admiración por Thatcher como dirigente política y otra muy distinta la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Formalmente, esa diferenciación existe. Pero la política también vive de los gestos. Y los gestos importan.
Porque quien representa institucionalmente a la Nación no habla únicamente como un ciudadano más. Cada elogio presidencial adquiere una dimensión distinta. Especialmente cuando involucra a una figura asociada por millones de argentinos al conflicto más sensible de la historia reciente.
Patriotismo selectivo
El Gobierno suele hablar permanentemente de patriotismo. Invoca la bandera. Habla de soberanía económica. Reivindica los símbolos nacionales.
Sin embargo, cuando llega el momento de hablar sobre Thatcher, ese discurso parece relativizarse. Y allí aparece una contradicción difícil de explicar.
Porque resulta llamativo que un gobierno que exige permanente defensa de los valores nacionales tenga tan poca sensibilidad respecto del peso simbólico que Thatcher ocupa para la memoria argentina.
No se trata de prohibir admiraciones personales. Se trata de comprender el lugar institucional que ocupa un Presidente.
El partido que también se juega fuera de la cancha
Este miércoles Lionel Messi buscará llevar otra vez a la Argentina a una final del mundo. Millones de personas dejarán todo durante noventa minutos alentando a la Selección. Pero inevitablemente también aparecerá otra discusión.
No sobre táctica. No sobre fútbol. Sino sobre símbolos. Porque resulta imposible separar completamente este partido de la historia entre ambos países. Y también resulta imposible ignorar que el máximo representante institucional de la Argentina eligió reiteradamente destacar la figura política de quien encabezó al Reino Unido durante aquella guerra.
Una imagen que incomoda
Tal vez Argentina gane. Tal vez Inglaterra avance. Eso lo resolverá la cancha. Pero, cualquiera sea el resultado, este partido volverá a poner sobre la mesa una pregunta que el propio Milei ayudó a construir con sus palabras.
¿Era realmente necesario convertir a Margaret Thatcher en un modelo político para exhibir públicamente desde la Presidencia de la Nación? Muchos argentinos creen que no. Porque una cosa es estudiar la historia. Otra muy distinta es elegir como referencia política a una figura cuya imagen permanece asociada a uno de los capítulos más dolorosos de nuestro país.
Las sociedades construyen su identidad también a través de sus símbolos. Y cuando quien ocupa la Presidencia decide elogiar determinados símbolos, no puede sorprenderse de que esos gestos vuelvan a ser discutidos justamente el día en que Argentina vuelva a mirar de frente a Inglaterra.
Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay debates que, cuarenta años después, siguen interpelando a toda una Nación.
