NUMEROS ROJOS: crece el pesimismo y casi la mitad del país cree que estará peor
La última encuesta de Opina Argentina confirma el deterioro en la economía cotidiana: 39% no llega a fin de mes, 40% apenas sobrevive sin ahorrar y casi la mitad del país cree que estará peor en los próximos meses. Los números contrastan con el relato oficial y exponen un clima social atravesado por el ajuste, la incertidumbre y la pérdida de poder adquisitivo.
POLITICA NACIONAL
Por Julián Pereyra
3/3/20263 min read


Hay cifras que no admiten maquillaje. Y cuando los números empiezan a repetirse mes tras mes en la misma dirección, ya no se trata de una percepción aislada sino de una tendencia. La última encuesta de la consultora Opina Argentina confirma algo que se escucha en cualquier sobremesa, en cualquier comercio de barrio o en la fila del supermercado: llegar a fin de mes se volvió cada vez más difícil.
El dato es contundente. El 39% de los argentinos asegura que no llega a fin de mes. Son siete puntos más que el mes anterior. En apenas semanas, miles de hogares pasaron de “ajustarse” a directamente no poder cubrir sus gastos básicos. Ese corrimiento no es menor: implica familias que empiezan a financiar alimentos con tarjeta, que postergan pagos o que se endeudan para cubrir servicios esenciales.
A ese 39% se suma otro 40% que llega con lo justo, sin ningún margen para ahorrar. Es decir, casi ocho de cada diez argentinos están al límite o directamente en rojo. Solo el 20% logra ahorrar, y ese porcentaje también viene cayendo mes a mes. El ahorro, que históricamente funcionó como red de contención frente a imprevistos, hoy es un privilegio cada vez más reducido.
Pero si los datos sobre ingresos preocupan, las expectativas generan todavía más inquietud. El 48% de los consultados cree que su situación económica personal empeorará en los próximos meses. Es el peor registro desde la asunción de Javier Milei. Apenas el 25% confía en que estará mejor. El resto, o no sabe o directamente perdió la capacidad de proyectar.
¿Qué significa que casi la mitad del país espere estar peor? Significa que el pesimismo dejó de ser coyuntural para transformarse en clima social. Significa que la incertidumbre ya no se limita a la macroeconomía sino que atraviesa la vida cotidiana: el changuito más chico, el consumo que se posterga, las salidas que se cancelan, el gasto que se revisa una y otra vez.
En paralelo, se multiplican las suspensiones y despidos, y el consumo muestra señales de fatiga. Comercios que venden menos, industrias que ajustan turnos, pymes que estiran pagos como pueden. El endeudamiento para cubrir gastos corrientes se vuelve una práctica extendida. No se trata de créditos para invertir o mejorar la vivienda, sino de préstamos para pagar la luz o llenar la heladera.
En este contexto, el contraste con el discurso oficial es inevitable. Desde el Gobierno se insiste en que la economía está mejorando, que la inflación está bajo control y que los salarios reales comenzaron a recuperarse. El mensaje es claro: lo peor ya pasó y el rumbo es el correcto.
Sin embargo, la percepción social medida por Opina Argentina muestra otra cosa. Si los salarios realmente estuvieran consolidando una recuperación sostenida, ¿por qué aumenta el porcentaje de quienes no llegan a fin de mes? Si la mejora fuera tan evidente, ¿por qué el pesimismo alcanza su punto más alto desde el inicio de la gestión?
Es cierto que la inflación mostró una desaceleración respecto de los picos del año pasado. Pero desacelerar no es lo mismo que recomponer poder adquisitivo. Para millones de trabajadores, jubilados y cuentapropistas, los ingresos todavía corren detrás de los precios acumulados. Y lo acumulado pesa.
La brecha entre macro y microeconomía vuelve a hacerse visible. Puede haber indicadores fiscales que muestren orden, pero en la mesa familiar el orden se mide en porciones, en marcas más baratas, en servicios que se pagan en cuotas. Puede hablarse de equilibrio presupuestario, pero el equilibrio doméstico se rompe cuando el sueldo no alcanza.
La política enfrenta así un desafío complejo: sostener un relato de mejora mientras los datos de percepción social reflejan malestar creciente. No se trata de negar avances en determinados frentes, sino de reconocer que el humor social está lejos del optimismo. Y cuando el humor social se deteriora, la economía real también se resiente: se consume menos, se invierte menos, se arriesga menos.
El interrogante que empieza a instalarse es cuánto tiempo puede sostenerse esa desconexión entre discurso y experiencia cotidiana. ¿Alcanza con prometer una mejora futura cuando el presente aprieta? ¿Es posible consolidar apoyo político con casi la mitad del país convencida de que estará peor?
La encuesta de Opina Argentina no es un dato aislado. Es una fotografía de un momento en el que la paciencia social empieza a tensionarse. Los números no gritan, pero insisten. Y lo que hoy muestran es una sociedad más ajustada, más endeudada y más pesimista.
En definitiva, el debate no es solo estadístico. Es profundamente humano. Detrás de cada porcentaje hay hogares que hacen cuentas, familias que reorganizan prioridades y trabajadores que esperan que la mejora prometida se traduzca en algo tangible. La macro puede ordenar planillas; la micro exige resultados concretos.
La economía, al final del día, no se mide únicamente en gráficos. Se mide en la tranquilidad —o la angustia— con la que se llega al último día del mes. Y hoy, según los datos, esa tranquilidad parece cada vez más escasa.
