Paro Nacional: el rechazo social a una reforma que precariza el trabajo y vacía indemnizaciones
El paro nacional y la movilización del miércoles 11 de febrero expresan el rechazo creciente de trabajadores y sindicatos a la reforma laboral que el gobierno busca aprobar en el Senado. Mientras avanza un proyecto que recorta derechos, vacía indemnizaciones y profundiza la precarización, gremios de distintos sectores salen a la calle para advertir que el ajuste no se negocia y que el conflicto social recién empieza.
POLITICA NACIONAL
Por Julián Pereyra
2/9/20263 min read


Este miércoles 11 de febrero no será un día más en el calendario laboral argentino. Mientras el Senado se prepara para tratar la reforma laboral impulsada por el gobierno nacional, en las calles se empieza a sentir un clima de bronca, alerta y resistencia. La convocatoria a un nuevo paro nacional y a una movilización masiva frente al Congreso no surge por capricho ni por especulación política: es la respuesta directa de amplios sectores del mundo del trabajo ante un proyecto que amenaza con desarmar, de raíz, el modelo laboral vigente.
El oficialismo buscará en la Cámara alta la media sanción necesaria para avanzar con una reforma que, bajo el discurso de la “modernización” y la “competitividad”, propone cambios profundos en las condiciones de trabajo, en los mecanismos de protección frente al despido y en los derechos conquistados durante décadas de lucha sindical. Para los gremios y para millones de trabajadores, el diagnóstico es claro: lo que se presenta como una actualización normativa es, en realidad, una regresión histórica.
El corazón del rechazo está puesto en el vaciamiento de las indemnizaciones por despido, uno de los pilares del sistema laboral argentino. La reforma apunta a reemplazarlas por esquemas alternativos que diluyen la responsabilidad del empleador y dejan al trabajador mucho más expuesto frente a la pérdida del empleo. En un país atravesado por la inestabilidad económica, la inflación y el deterioro salarial, perder esa protección no es un detalle técnico: es quedar a merced del mercado, sin red y sin defensa.
A esto se suma una flexibilización general de las condiciones laborales que, según denuncian los sindicatos, habilita contratos más precarios, jornadas más extensas y una relación de fuerzas todavía más desigual entre empleadores y empleados. “Es una transferencia directa de ingresos y poder desde los trabajadores hacia los empresarios”, repiten desde las centrales obreras. En otras palabras, un modelo donde se trabaja más, se cobra menos y se vive con miedo a quedar afuera.
La protesta del miércoles surge, además, de la falta de diálogo real entre el gobierno y el movimiento obrero. Desde la CGT aseguran haber planteado objeciones y propuestas ante gobernadores, legisladores y funcionarios, sin que esas advertencias fueran incorporadas al proyecto. Aunque la central obrera no convocó formalmente a un paro general propio, sí respaldó la movilización y dejó en claro su rechazo al contenido de la reforma. “Esta lucha no termina en el Senado”, advirtieron sus dirigentes, anticipando que el conflicto continuará si el proyecto avanza hacia Diputados.
ATE, en cambio, confirmó un paro nacional para el 11 de febrero. Desde el sindicato de estatales sostienen que frenar la reforma laboral es una necesidad urgente y que no alcanza con gestos simbólicos. “No puede ser una medida aislada”, señalaron, en referencia a un plan de lucha más amplio frente al ajuste y la precarización que atraviesan al sector público.
También se suman los gremios docentes. Los universitarios, nucleados en CONADU, denunciaron una situación “insostenible” marcada por salarios pulverizados, falta de paritarias y el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario. Los docentes bonaerenses, por su parte, anunciaron un paro en repudio al ajuste en educación y a la quita de fondos nacionales como el FONID. Para ambos sectores, la reforma laboral se inscribe en una política más general de desfinanciamiento del Estado y degradación del trabajo docente.
La medida de fuerza tendrá impacto en múltiples áreas. Se verán afectados el transporte público, la administración pública nacional, provincial y municipal, los bancos, la educación en distintos niveles, la recolección de residuos, la industria, la construcción y servicios vinculados a empresas estatales. No se trata de un paro testimonial: será una jornada que se sentirá en la vida cotidiana y que busca visibilizar el alcance del rechazo social a la reforma.
El trasfondo del conflicto es el modelo económico y laboral que impulsa el gobierno. Un modelo que concibe el trabajo como un costo a reducir, los derechos como “rigideces” y los sindicatos como un obstáculo. En ese esquema, la reforma no está pensada para mejorar la vida de quienes trabajan, sino para ampliar la rentabilidad empresaria y disciplinar a la fuerza laboral. El resultado es un escenario donde, lejos de ganar competitividad genuina, “todos perdemos más de lo que ganamos”.
El paro del 11 de febrero no es un hecho aislado ni una reacción exagerada. Es parte de una resistencia más amplia frente a un proyecto que busca redefinir el mundo del trabajo en contra de los derechos conquistados. Si la reforma avanza, el conflicto social también lo hará. Porque cuando se tocan las condiciones básicas de subsistencia, cuando se vacían las protecciones y se empuja a millones hacia la precariedad, la respuesta no puede ser el silencio. Será la calle, otra vez, el lugar donde se discuta lo que en los despachos se intenta decidir sin consenso y a espaldas de quienes viven de su trabajo.
