Pruebas PISA 2025: el fracaso educativo que el Gobierno quiere tapar con excusas

Las pruebas PISA 2025 vuelven a poner sobre la mesa el deterioro de la educación argentina, pero mientras los resultados empeoran, el Gobierno busca despegarse de la responsabilidad y apuntar hacia el pasado. Matemática, Lectura y Ciencias muestran una realidad preocupante: miles de chicos no alcanzan los conocimientos mínimos. El desastre está a la vista. La pregunta es cuánto tiempo más van a seguir buscando excusas en lugar de hacerse cargo.

NACIONALSOCIEDAD

Por Armando Ramirez

9/8/20265 min read

Otra vez. Otra vez los números nos dan una cachetada en la cara y otra vez miramos para el costado como si no pasara nada. Los resultados de las pruebas PISA 2025 acaban de salir y Argentina volvió a caer. No es una caída cualquiera: es el rendimiento más bajo desde 2006.

Hace veinte años. Dos décadas de retroceso que hoy, con estos datos encima de la mesa, se sienten como una condena.

El país quedó en el octavo lugar entre trece naciones de América Latina. Octavo. Ni siquiera en la mitad de la tabla regional. A nivel mundial, puesto 75 sobre 91 sistemas educativos. Y lo peor no es solo la posición: es la profundidad del pozo.

En Matemática, el 76 por ciento de los chicos de quince años no alcanzó el nivel mínimo. Nivel 2. El umbral básico. Solo alrededor de dos de cada diez llegan a ese piso. El resto quedó abajo. Muchos, muy abajo. Argentina sacó 367 puntos en Matemática, once menos que en 2022. Un desplome del 2,9 por ciento que no admite maquillaje.

En Lectura la cosa no es mucho mejor. 389 puntos, doce menos que la edición anterior. Casi seis de cada diez alumnos no llegaron al mínimo. En Ciencias, 393 puntos, trece menos. Otra vez el 59 por ciento por debajo del nivel básico. Y si uno mira el conjunto, el panorama se pone todavía más oscuro: menos del 8 por ciento de los estudiantes alcanza el nivel mínimo en las tres áreas al mismo tiempo. Menos de ocho de cada cien. Eso no es un sistema educativo. Es un sistema que está fallando a escala industrial.

Desde Argentinos por la Educación lo dijeron con todas las letras: los países que logran mejores resultados son aquellos que sostienen la educación como prioridad real en la agenda pública a lo largo del tiempo, con políticas que atacan las deficiencias desde la escuela primaria. “Para mejorar en secundaria primero hay que resolver los problemas de aprendizaje en primaria”, concluyó Vallejo. Y tienen razón. Pero acá parece que nadie quiere escuchar.

Porque estos números no cayeron del cielo. No son un accidente climático ni una maldición bíblica. Son el resultado de decisiones. Y las decisiones de los últimos años tienen responsables con nombre y apellido.

El gobierno actual puede seguir intentando desviar la mirada hacia atrás, puede seguir repitiendo hasta el cansancio que “la culpa es del kirchnerismo”, pero los datos de 2025 se están midiendo ahora. Con este gobierno. Con este ajuste. Con este desfinanciamiento sistemático de todo lo público.

¿Cómo se supone que va a mejorar la educación si los docentes están golpeados, mal pagos y precarizados? ¿Cómo se espera que un maestro o una profesora den lo mejor de sí cuando el sueldo apenas alcanza para llegar a fin de mes y el reconocimiento brilla por su ausencia? Se les exige excelencia mientras se les niega lo básico: condiciones dignas de trabajo, formación continua seria, salarios que no sean una burla. Y después nos sorprendemos cuando los resultados se derrumban.

El ajuste no es abstracto. Se traduce en escuelas que se caen a pedazos, en falta de materiales, en bibliotecas vacías, en laboratorios que no existen, en clases superpobladas y en docentes que tienen que hacer malabares entre dos o tres cargos para juntar una miseria.

Mientras tanto, se priorizan otros gastos, se celebran “eficiencias” y se habla de “orden macroeconómico” como si la educación fuera un lujo que se puede postergar. Pero no lo es. La educación es la base. Y cuando se la desfinancia año tras año, el costo lo pagan los pibes de quince años que hoy no saben resolver un problema de matemática básica ni comprender un texto complejo.

Hay una hipocresía que ya cansa. Durante años se criticó —con razón, en muchos casos— lo que se hizo o se dejó de hacer en gestiones anteriores. Está bien mirar el pasado. Pero no se puede vivir eternamente de esa excusa. Cuando el deterioro se profundiza bajo tu gestión, cuando los números siguen cayendo mientras vos estás en el poder, la responsabilidad también es tuya. Decir “es culpa de los que vinieron antes” se convierte en una forma elegante de no hacerse cargo. Y este país ya no aguanta más esa maniobra.

Porque el problema no es solo de números. Es de futuro. Estos chicos de quince años que hoy no alcanzan los niveles mínimos van a ser los adultos de mañana. Van a tener que competir en un mundo que no espera, que no perdona la falta de herramientas básicas. Van a necesitar leer textos complejos, razonar matemáticamente, entender fenómenos científicos. Y nosotros les estamos entregando un sistema que, en el mejor de los casos, los deja a mitad de camino. En el peor, los abandona.

La comparación con la región duele. Uruguay y Chile, con todos sus problemas, están varios puntos por delante. Nosotros superamos apenas a los que están en el fondo de la tabla. Y frente a los países de la OCDE la distancia es un abismo. Allá el promedio de alumnos por debajo del mínimo es del 35 por ciento. Acá, en Matemática, es del 76. No hay forma de maquillar esa diferencia.

Y sin embargo, seguimos discutiendo como si el tiempo sobrara. Seguimos repartiendo culpas hacia atrás mientras el presente se nos escapa de las manos. Seguimos tratando a los docentes como si fueran el problema y no parte de la solución. Seguimos creyendo que se puede ajustar todo, menos las consecuencias.

Hay algo profundamente injusto en todo esto. Los chicos que hoy rinden mal no eligieron nacer en un país que descuida su educación. No eligieron escuelas sin recursos ni profesores agotados. Ellos son el resultado de lo que nosotros, como sociedad y como Estado, decidimos priorizar o abandonar. Y cada punto que perdemos en PISA es un pedazo de futuro que les estamos robando.

No se trata de romanticismo. Se trata de realismo puro.

Un país que no educa a sus adolescentes está condenado a la mediocridad, a la dependencia, a la desigualdad cada vez más profunda. Y lo peor es que lo sabemos. Los datos están ahí, año tras año, edición tras edición. Y sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma: ajuste, desfinanciamiento, discurso vacío y la eterna cantinela de que la culpa es de los anteriores.

Es hora de que el gobierno se haga cargo. De verdad. No con comunicados que minimizan el desastre ni con explicaciones que apuntan siempre para atrás. Con políticas concretas, con presupuesto real, con respeto hacia quienes están todos los días frente al aula. Porque si no, dentro de tres años vamos a estar leyendo otra vez los mismos números, o peores, y vamos a volver a sorprenderse como si fuera la primera vez.

Al final, la pregunta que queda flotando es simple y brutal: ¿qué país estamos construyendo? ¿Uno donde la mayoría de los pibes de quince años no puede resolver un problema de matemática básica ni entender un texto completo? ¿Uno donde la educación pública se va desangrando mientras se habla de eficiencia? ¿Uno donde los docentes son tratados como un costo y no como una inversión?

Estos resultados de PISA 2025 no son solo un ranking. Son un espejo. Y el reflejo que nos devuelve es feo, incómodo y, sobre todo, propio.

Ya no alcanza con mirar para otro lado. Ya no alcanza con echarle la culpa a los de antes. Estos números son de ahora. Y el futuro de estos chicos también.

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