Reforma Laboral: el Congreso avanzó y dejó una marca oscura en la historia de los derechos laborales

En una jornada atravesada por el paro general y las protestas en las calles, el oficialismo logró la media sanción de la reforma laboral en Diputados. Entre festejos, cruces y el apoyo clave de gobernadores que se dicen peronistas, el Congreso avanzó con un proyecto que muchos consideran un retroceso histórico para los derechos de los trabajadores.

POLITICA NACIONAL

Por Armando Ramirez

2/20/20264 min read

La madrugada dejó una escena que, más allá de los números y las formalidades parlamentarias, quedará grabada como una herida abierta en la historia reciente del Congreso. El oficialismo consiguió lo que fue a buscar: la media sanción de la reforma laboral impulsada por La Libertad Avanza. Lo hizo con festejos, sonrisas y gestos de triunfo. Afuera, en cambio, el país era otro: miles de trabajadores en las calles, un paro general convocado por la CGT y una sensación extendida de que lo que estaba en juego no era una simple modificación normativa, sino el sentido mismo del trabajo como derecho.

No fue una sesión más. Fue una jornada atravesada por la tensión social y la evidencia de un conflicto profundo. Mientras en las plazas y avenidas se multiplicaban las columnas sindicales y las consignas en defensa de derechos conquistados durante décadas, dentro del recinto se avanzaba con una reforma que muchos describen, sin exagerar, como “esclavista”. Una reforma que, lejos de modernizar o generar empleo genuino, parece retrotraer a épocas en las que el trabajador carecía de herramientas de protección y quedaba librado a la voluntad de la patronal.

La palabra no es casual ni liviana. Cuando se habilitan esquemas que flexibilizan hasta el extremo las condiciones de contratación, que debilitan indemnizaciones, que ponen en duda la estabilidad y que modifican regímenes sensibles como el de licencias, el mensaje es claro: el costo del ajuste lo paga el que vive de su salario. No las grandes empresas. No los sectores concentrados. El trabajador.

Hubo un momento particularmente doloroso de la noche. Con la votación consumada, los diputados oficialistas celebraron y, en algunos casos, se burlaron del peronismo, como si se tratara de una pulseada partidaria ganada. Pero lo que estaba en discusión no era un trofeo político. Lo que se votó impacta en la vida cotidiana de millones de argentinos y argentinas. Y en esa escena, mientras se escuchaban risas y aplausos, la sensación que quedaba flotando era otra: quienes perdieron no fueron los bloques opositores ni los dirigentes que cruzaron discursos encendidos. Los que perdieron fueron el pueblo y los trabajadores.

Porque el salario no distingue banderas partidarias cuando no alcanza para llegar a fin de mes. Porque la incertidumbre ante un posible despido no se atenúa con chicanas parlamentarias. Porque la angustia de quien depende de su empleo para sostener a su familia no se resuelve con una mayoría circunstancial en el tablero electrónico.

Y si algo profundizó la desazón fue el rol de algunos gobernadores que se reivindican peronistas o cercanos al ideario de la justicia social. Gobernadores que hablan de federalismo, de producción, de trabajo digno. Gobernadores que, en los discursos, invocan la memoria histórica de las conquistas laborales. Pero que anoche facilitaron el quórum y aportaron votos decisivos para que la reforma avanzara.

Los nombres son conocidos: Raúl Jalil, Osvaldo Jaldo y Claudio Vidal, entre otros. Dirigentes que, desde sus provincias, enviaron a sus legisladores a ocupar las bancas y habilitar la sesión. Sin ese gesto, la historia podría haber sido distinta. Con ese gesto, el oficialismo alcanzó el número necesario para abrir el debate y encaminar la aprobación.

La contradicción es difícil de digerir. ¿Cómo se sostiene el discurso de la justicia social mientras se acompaña una reforma que recorta derechos laborales? ¿Cómo se explica ante la propia base política que se haya contribuido a una iniciativa que implica un retroceso histórico? La sensación de traición no es un recurso retórico: es un sentimiento real que atraviesa a muchos militantes, trabajadores y ciudadanos que se sienten representados por esas gestiones provinciales.

Es cierto que el proyecto todavía debe regresar al Senado para su tratamiento definitivo. La media sanción no es la última palabra. Pero la noche ya dejó su marca. Porque más allá del trámite legislativo pendiente, quedó expuesta una dinámica preocupante: cuando el poder político y el poder económico se alinean, el margen de defensa de los trabajadores se achica dramáticamente.

Lo que ocurrió no fue solo una votación. Fue una señal. Una señal de que los consensos históricos en torno a la protección del trabajo pueden ser desarmados en pocas horas si existe la voluntad política para hacerlo. Una señal de que, en nombre de la “libertad” y la “modernización”, pueden justificarse retrocesos que hace no tanto parecían impensables.

Y quizás lo más doloroso sea constatar que hay sectores que celebran este rumbo. Incluso trabajadores que, atravesados por el desencanto o la bronca con la dirigencia tradicional, ven en estas medidas una suerte de revancha o promesa de cambio. Es comprensible la frustración acumulada. Pero el riesgo es que, en esa búsqueda de ruptura, se termine avalando un escenario en el que el eslabón más débil vuelve a quedar desprotegido.

La madrugada en el Congreso no fue una anécdota parlamentaria. Fue un capítulo que interpela a toda la sociedad. Si el proyecto finalmente se convierte en ley o no, será materia de los próximos debates. Pero lo que ya quedó es un recuerdo oscuro: la imagen de un recinto celebrando mientras afuera miles reclamaban por sus derechos.

Cuando el poder lo quiere, los trabajadores casi siempre terminan perdiendo. Esa es la lección amarga que dejó la noche. Y lo más inquietante no es solo la derrota circunstancial, sino la naturalización del retroceso. Porque cuando se empieza a festejar la pérdida de derechos como si fuera una victoria, el problema deja de ser únicamente legislativo y se vuelve cultural. Y ahí, la recuperación es mucho más difícil.