Relato imaginario: la Argentina soñada que Milei vende mientras crece la crisis
Mientras millones de argentinos enfrentan pobreza, desempleo y caída del consumo, Milei insiste en pintar un país de fantasía donde todo mejora. Entre slogans y números forzados, el relato oficial choca de frente con la realidad cotidiana.
POLITICA NACIONAL
Por Camila Domínguez
4/28/20263 min read


Javier Milei volvió a hablar de economía y, una vez más, dejó la sensación de estar gobernando otro país. Uno paralelo. Uno fantástico. Una Argentina inventada donde el ajuste lo pagó la casta, el consumo vuela, el empleo crece, lo peor ya pasó y la gente vive una primavera económica que sólo parece visible desde los salones donde el Presidente da discursos.
Mientras tanto, en la Argentina real, la de carne y hueso, millones de personas hacen cuentas para llegar a fin de mes, saltean comidas, postergan remedios, cierran persianas, buscan trabajo sin éxito y miran con angustia un futuro cada vez más incierto.
La distancia entre lo que dice Milei y lo que vive la sociedad ya no es una diferencia de interpretación. Es un abismo.
“El ajuste lo pagó la casta”… salvo que lo pagaron otros
Una de las frases preferidas del Presidente es que el ajuste lo pagó “la casta”. Repite ese eslogan con entusiasmo, como si de tanto repetirlo fuera a transformarse en verdad.
Pero alcanza con mirar alrededor para notar quiénes pusieron realmente el cuerpo y el bolsillo.
Lo pagaron los jubilados, que vieron deteriorarse sus ingresos mientras los medicamentos se volvieron un lujo.
Lo pagaron las personas con discapacidad, alcanzadas por recortes, demoras y abandono burocrático.
Lo pagaron miles de trabajadores estatales despedidos bajo la lógica de la motosierra indiscriminada.
Lo pagaron comerciantes y pymes que no soportaron la caída del consumo.
Lo pagaron asalariados que cobran sueldos que duran menos que una promo de supermercado.
Lo pagaron familias enteras que volvieron a endeudarse para comprar comida.
La famosa casta, mientras tanto, parece bastante entera.
El milagro del consumo invisible
Pero si hubo una declaración que merece un capítulo aparte fue la idea presidencial de que el consumo está en un “pico histórico” porque “cambió la forma en que se consume”.
Una frase digna del museo nacional del cinismo económico.
Porque para millones de argentinos no cambió la forma de consumir. Cambió algo bastante más brutal: dejaron de consumir.
No reemplazaron hábitos; reemplazaron marcas por segundas marcas, luego por terceras marcas y después directamente por nada. No mutaron hacia una economía sofisticada: dejaron carne, dejaron lácteos, dejaron salidas, dejaron ropa nueva, dejaron proyectos.
La consultora Scentia aportó un dato demoledor: de los 27 meses de gestión libertaria, sólo en 3 creció marginalmente el gasto de los hogares en consumos básicos de supermercados y comercios barriales.
Es decir: el supuesto boom de consumo existe únicamente en las estadísticas emocionales del oficialismo.
En la calle se compra menos. En los changuitos entra menos. En las mesas falta más.
Otra frase habitual de Milei es que “lo peor ya pasó”.
Tal vez para algunos balances empresarios. Tal vez para ciertos sectores financieros. Tal vez para quienes especulan y ganan con la bicicleta permanente.
Pero para una enorme porción de la sociedad, lo peor sigue pasando todos los días.
Pasa cuando una familia debe elegir entre pagar la luz o llenar la heladera.
Pasa cuando un jubilado corta pastillas para que duren más.
Pasa cuando un joven busca empleo y sólo encuentra precariedad.
Pasa cuando un comerciante vende la mitad que hace un año.
Pasa cuando una pyme no puede sostener costos y despide personal.
Pasa cuando el alquiler se lleva media vida.
Decir que lo peor pasó mientras el país productivo sigue frenado y el empleo cae no es optimismo. Es negación.
La economía de Excel contra la economía real
El gobierno exhibe números, planillas, indicadores seleccionados y tecnicismos para sostener una narrativa triunfalista. Pero la economía no se mide sólo en gráficos. También se mide en persianas bajas, en colas de comedores, en changas perdidas y en hospitales desbordados.
Hay una Argentina financiera que quizás sonríe. Pero hay una Argentina real que se achica.
Y cuando la política sólo escucha la primera e ignora la segunda, empieza a gobernar para una minoría mientras le habla con slogans a la mayoría.
Lo más preocupante no son solamente las frases insólitas. Lo más grave es la lógica detrás de ellas: negar el impacto humano del ajuste.
Si no hay consumo, se dice que cambió la forma de consumir.
Si hay pobreza, se culpa a herencias eternas.
Si cae el empleo, se relativiza.
Si cierran empresas, se naturaliza.
Si protestan jubilados, se los estigmatiza.
Todo menos reconocer que las decisiones políticas tienen consecuencias concretas sobre personas concretas.
El país real no entra en un discurso
Milei puede seguir describiendo una Argentina exuberante, ordenada y en ascenso. Puede repetir que todo mejora, que el sacrificio terminó y que el futuro llegó.
Pero afuera de los auditorios y de las redes oficialistas hay otra escena: la de una sociedad agotada, ajustada y cada vez más escéptica.
Porque el problema no es solamente que Milei viva en una realidad paralela. El verdadero problema es que desde esa realidad toma decisiones que padecen millones de argentinos que sí viven en el mundo real.
