Show lamentable en el Congreso: gritos, insultos y cero respuestas de Adorni
Lo que debía ser una sesión institucional terminó en un circo político: Milei llevó a todo su Gabinete al Congreso para blindar a Adorni, entre gritos, insultos y evasivas sobre denuncias patrimoniales y el caso $LIBRA.
POLITICA NACIONAL
Por Camila Domínguez
4/30/20263 min read


La Cámara de Diputados debía ser escenario de una jornada republicana: un jefe de Gabinete rindiendo cuentas, respondiendo preguntas y explicando su gestión frente a los representantes del pueblo. Pero lo que ocurrió fue otra cosa. Mucho más triste. Mucho más ordinaria.
Javier Milei convirtió el Congreso en una tribuna política para defender a Manuel Adorni. Lo que tendría que haber sido una sesión institucional terminó reducido a un espectáculo bochornoso, con militancia libertaria en las gradas, gritos, chicanas, aplausos teatrales y una puesta en escena impropia de cualquier democracia seria.
No hubo solemnidad. No hubo respeto por el ámbito. Hubo show.
En medio de denuncias que pesan sobre su situación patrimonial, Manuel Adorni eligió el camino de la evasiva. En vez de dar explicaciones claras, se refugió en frases hechas, ataques a la oposición y respuestas vacías.
No explicó de manera convincente cómo adquirió nuevas propiedades desde su llegada al poder. Tampoco logró despejar dudas sobre los llamativos préstamos por 200 mil dólares sin interés. Menos aún sobre deudas millonarias que arrastra y cómo piensa afrontarlas.
También quedaron sin respuesta los cuestionamientos por viajes lujosos y gastos difíciles de compatibilizar con los ingresos declarados públicamente. Todo envuelto en un discurso que pretendió normalizar lo que claramente merece ser aclarado.
Cuando el funcionario que debe rendir cuentas evita responder, no se fortalece la gestión: se debilita la confianza pública.
$LIBRA: silencio, minimización y escape
Otro punto central fue el escándalo vinculado a $LIBRA. Allí también eligió mirar para otro lado.
Ante preguntas sobre el rol del Presidente y de su entorno en ese episodio, Adorni minimizó el tema, se escudó en tecnicismos y evitó entrar en definiciones concretas. La estrategia fue evidente: pasar rápido, negar importancia y seguir adelante.
Pero cuando se habla de posibles irregularidades, la obligación de un funcionario no es esquivar. Es explicar.
Milei y el Gabinete en versión barra brava
Si algo terminó de degradar la jornada fue la actitud presidencial. Javier Milei se mostró en el recinto acompañado por todo el Gabinete, ubicados en lo alto como si fueran una barra organizada para alentar a su candidato.
Aplaudían eufóricos, festejaban cada chicana y convertían una sesión oficial en una cancha política. La imagen fue penosa: ministros actuando como hinchada, en vez de asumir la responsabilidad institucional que les corresponde.
Como si eso no alcanzara, el Presidente también se mostró a los gritos, enfrentado con distintos sectores y dejando una postal impropia de su investidura. El cierre fue todavía peor: al retirarse, insultó a la prensa acreditada y la llamó “chorros”.
Un Presidente peleándose con periodistas dentro del Congreso no transmite fortaleza. Transmite descontrol.
El país real, afuera del show
Mientras dentro del recinto se montaba esta escena vergonzosa, afuera la Argentina real sigue esperando respuestas. Jubilados ajustados. Trabajadores que pierden poder adquisitivo mes tras mes. Tarifas impagables. Comercios cerrando. Crisis social creciente. Familias endeudadas para llegar a fin de mes.
Nada de eso pareció importar demasiado durante la función.
Porque cuando el poder se concentra en blindar a los propios, los problemas de la gente pasan a segundo plano. Lo ocurrido en Diputados dejó algo más grave que un mal debate político. Dejó una muestra clara de degradación institucional.
El Congreso fue usado como escenografía. La rendición de cuentas fue reemplazada por propaganda. Las preguntas incómodas fueron respondidas con evasivas. Y la máxima autoridad del país actuó como jefe de tribuna.
No fue firmeza. No fue liderazgo. No fue transparencia.
Fue un bochorno. Y en un momento donde millones de argentinos hacen esfuerzos enormes para sostenerse, ver al Estado usado para proteger funcionarios cuestionados no solo indigna. Da vergüenza.
