Sobrevivieron a todo menos a la motosierra de Milei: empresas emblemáticas que hoy bajan la persiana

Empresas históricas que resistieron dictaduras, hiperinflaciones, defaults y décadas de crisis hoy empiezan a cerrar sus puertas. El modelo económico de Javier Milei, con su “motosierra”, apertura indiscriminada y caída del consumo, está golpeando incluso a compañías emblemáticas del país. Si sobrevivieron a todo… pero no a Milei, la pregunta es inevitable: ¿quién queda a salvo?

POLITICA NACIONAL

Por Julián Pereyra

3/5/20264 min read

Durante décadas, la economía argentina fue una montaña rusa permanente. Crisis cíclicas, devaluaciones abruptas, hiperinflaciones, defaults, cambios de modelo económico y gobiernos de todos los colores políticos marcaron el pulso de un país que parece acostumbrado a reinventarse en medio de la tormenta. Sin embargo, en medio de ese escenario turbulento, hubo algo que logró sostenerse: el entramado productivo construido a lo largo de generaciones.

Empresas familiares, fábricas regionales, comercios históricos y compañías que nacieron en otro siglo lograron atravesar momentos que parecían imposibles de superar. Resistieron dictaduras militares, sobrevivieron a la hiperinflación de los años ochenta, siguieron funcionando tras el colapso del 2001, soportaron devaluaciones salvajes, recesiones profundas y ciclos de inflación crónica. Cambiaron presidentes, cambiaron políticas económicas, cambiaron reglas de juego. Y aun así siguieron de pie.

Muchas de esas empresas no solo sobrevivieron: también crecieron, generaron empleo y se transformaron en símbolos de sus comunidades. En pueblos del interior, en barrios industriales del conurbano, en ciudades que se desarrollaron alrededor de una fábrica o un frigorífico, esas compañías fueron mucho más que unidades económicas. Fueron parte de la identidad social de la Argentina productiva.

Pero hoy, en pleno gobierno de Javier Milei, algo distinto está ocurriendo. Porque muchas de esas empresas que resistieron a todo… no están logrando resistir a la motosierra.

El cierre de compañías históricas, fábricas con décadas de trayectoria y comercios emblemáticos se está convirtiendo en una postal cada vez más frecuente. No se trata únicamente de pequeñas pymes frágiles o emprendimientos recientes. También están cayendo empresas que atravesaron generaciones de crisis y que, hasta hace poco, parecían parte permanente del paisaje productivo del país.

El denominador común de estos cierres es un contexto económico particularmente hostil para la producción nacional. La apertura indiscriminada de importaciones, la caída abrupta del consumo interno, el encarecimiento de los costos y una recesión profunda están golpeando de lleno al mercado interno, que históricamente fue el motor de miles de industrias argentinas.

Cuando el consumo se derrumba, las fábricas dejan de producir. Cuando las ventas caen, los comercios empiezan a achicar estructuras. Cuando la actividad se paraliza, el resultado termina siendo siempre el mismo: suspensiones, despidos y finalmente persianas que bajan para no volver a levantarse.

Ese proceso ya no es un fenómeno aislado. Se está transformando en una tendencia que atraviesa distintos sectores productivos. Industrias alimenticias, textiles, metalúrgicas, comercios y empresas regionales comienzan a mostrar el mismo síntoma: la imposibilidad de sostenerse en un contexto donde el mercado interno se contrae y la competencia externa crece sin ningún tipo de protección.

Durante años se discutió en la Argentina cuál debía ser el equilibrio entre apertura económica y protección de la producción nacional. Esa discusión hoy parece haber sido saldada por decreto: la prioridad del modelo económico actual está puesta en la desregulación extrema, la liberalización del comercio y el ajuste del gasto público.

El problema es que en esa ecuación hay un actor que queda cada vez más debilitado: la industria local.

Cuando se abre la economía de manera abrupta en un país con costos estructurales altos, presión impositiva histórica, infraestructura desigual y crédito escaso, el resultado suele ser previsible. Las empresas locales compiten en condiciones desiguales frente a economías más grandes, más eficientes o con Estados que protegen activamente su producción.

En ese contexto, muchas compañías argentinas quedan atrapadas entre dos presiones simultáneas: por un lado la caída del consumo interno, y por el otro la competencia externa cada vez más agresiva.

El resultado es una tormenta perfecta.

La consecuencia de ese proceso no es solamente económica. También es social. Cada empresa que cierra no es solo una persiana que baja. Son trabajadores que pierden su empleo, familias que quedan sin ingresos, comunidades que ven desaparecer una fuente de actividad económica.

En muchas ciudades del interior, una sola fábrica puede sostener buena parte del movimiento comercial de la zona. Cuando esa fábrica desaparece, el impacto se multiplica: afecta a proveedores, transportistas, comercios y servicios que dependen de esa actividad.

Por eso el cierre de empresas emblemáticas tiene un peso simbólico tan fuerte. No se trata únicamente de números en una estadística económica. Es la señal de que el entramado productivo construido durante décadas empieza a resquebrajarse.

Y cuando empiezan a caer empresas que sobrevivieron a dictaduras, hiperinflaciones, defaults y crisis financieras globales, la pregunta inevitable es qué está pasando con el modelo económico actual.

Porque esas empresas resistieron a todo. Resistieron cambios de gobierno, cambios de moneda, cambios de reglas. Resistieron crisis que hicieron tambalear a todo el país. Pero muchas de ellas no están logrando resistir a la motosierra.

Ese dato debería encender una alarma que trasciende cualquier debate ideológico. Si el tejido productivo empieza a desintegrarse, las consecuencias no se limitan al presente: afectan también la capacidad futura de la economía para generar empleo, exportaciones y desarrollo.

El cierre de empresas históricas no es simplemente una señal de recesión. Es el síntoma de algo más profundo: un modelo económico que, al priorizar la desregulación absoluta y el ajuste, corre el riesgo de desarmar pieza por pieza la estructura productiva del país.

Y cuando eso ocurre, la advertencia es clara.

Porque si ni siquiera las empresas que sobrevivieron a generaciones de crisis logran mantenerse en pie, entonces queda al descubierto una verdad incómoda: en este modelo económico nadie está realmente a salvo.

Ni trabajadores. Ni pymes. Ni comercios. Ni siquiera las empresas históricas que durante décadas fueron parte de la identidad productiva de la Argentina.