Visita del Papa León XIV a la Argentina: pelea entre el control oficial del relato y el encuentro pastoral con la gente
El Gobierno busca controlar el escenario y el relato de la visita del Papa León XIV a la Argentina, mientras la Iglesia insiste en un encuentro pastoral y popular con la gente. La Casa Rosada teme el mensaje social que pueda transmitir el pontífice ante la realidad del país
NACIONALSOCIEDAD
Por Camila Domínguez
8/31/20269 min read


El Papa todavía no llegó y la pelea ya empezó. Faltan meses para que León XIV pise suelo argentino, pero en la Casa Rosada ya hay incomodidad, tensión y preocupación. La discusión parece ser logística: el recorrido, los lugares de los actos, la cantidad de personas, la seguridad, los costos. Pero detrás de esa discusión hay algo mucho más profundo.
Hay una pelea por el escenario. Hay una pelea por el relato. Y, sobre todo, hay una pelea por el mensaje.
Porque una cosa es recibir al Papa en un acto cerrado, prolijo, controlado, con invitados seleccionados y una agenda cuidadosamente administrada. Y otra muy distinta es que León XIV camine las calles, se encuentre con miles de personas y termine frente a una multitud que no responde a ningún comando político.
La Rosada quiere controlar el escenario. La Iglesia quiere que el Papa camine la calle. Y ahí empieza el problema.
Una visita que todavía no empezó y ya genera tensión
León XIV llegará a la Argentina el 8 de noviembre y permanecerá apenas tres días. Tres días que, por la expectativa que despierta su llegada, pueden convertirse en uno de los acontecimientos políticos, sociales y culturales más importantes del año.
Desde la Iglesia insisten en definir la visita como "pastoral". Y está bien. No se trata de una gira partidaria ni de una campaña electoral. El Papa viene como líder espiritual de millones de argentinos y como jefe de Estado.
Pero que sea pastoral no significa que vaya a ser ajena a la realidad. Y esa diferencia parece ser precisamente la que incomoda al Gobierno.
Después de reunirse con León XIV en el Vaticano, el arzobispo Marcelo Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, adelantó que se tratará de "un viaje pastoral con proyección para la vida social". A buen entendedor, pocas palabras. Seamos claros: al Gobierno le preocupa precisamente esa "proyección para la vida social".
Porque hablar de vida social significa hablar de pobreza. De trabajo. De exclusión. De solidaridad. De personas vulnerables. De quienes quedan afuera. De las consecuencias que tienen las decisiones económicas sobre la vida cotidiana.
Y ahí es donde la visita deja de ser una cuestión exclusivamente religiosa. Porque el Gobierno puede organizar un acto. Puede controlar un escenario. Puede establecer un protocolo. Puede definir quién entra y quién queda afuera. Lo que no puede controlar completamente es lo que el Papa decida decir cuando tenga delante suyo a la Argentina real.
La Rosada quiere controlar el escenario
La pelea por el formato de los actos no es un detalle menor. El Gobierno pretende, según la información disponible, que los eventos sean lo más controlados posible: espacios cerrados, recintos con aforo y una organización que permita administrar la imagen de la visita.
La Iglesia, en cambio, quiere otra cosa. Quiere gente. Quiere calle. Quiere contacto directo. Quiere que León XIV pueda acercarse a los fieles y encontrarse con la multitud. Y esto tiene una explicación sencilla.
La calle es imprevisible. Un recinto cerrado permite controlar los accesos, los tiempos, las imágenes y buena parte de lo que ocurre alrededor. La calle, en cambio, tiene otra lógica.
Ahí aparecen los trabajadores. Las familias. Los jóvenes. Los jubilados. Las organizaciones sociales. Las personas con discapacidad. Los reclamos. Las banderas. Las historias personales. La Argentina que no entra en un discurso oficial.
¿Qué pasa si millones de argentinos salen a la calle para ver al Papa y, en medio de esa multitud, aparecen también las demandas sociales, los reclamos económicos y el malestar que atraviesa al país?
Ese es el verdadero temor. Porque una visita religiosa puede terminar convirtiéndose, sin que nadie lo haya planificado, en una enorme fotografía de la situación social argentina.
Y una fotografía puede decir mucho más que cualquier conferencia de prensa.
El verdadero problema para el Gobierno: qué puede decir León XIV
Acá está el centro de toda esta historia. El problema para el Gobierno no es solamente dónde estará León XIV. El problema es qué puede decir mientras esté ahí.
La Casa Rosada puede intentar presentar la visita como un acontecimiento protocolar. Puede hablar de seguridad, traslados, organización y costos. Puede discutir recorridos y escenarios.
Pero hay una cuestión que se le escapa de las manos. El contenido del mensaje papal. León XIV no necesita hacer un discurso partidario para generar impacto político. No necesita mencionar a Javier Milei. No necesita nombrar a ningún funcionario. No necesita pronunciar una sola frase electoral.
Alcanza con que hable de la pobreza. Alcanza con que hable del trabajo. Alcanza con que hable de los sectores vulnerables. Alcanza con que hable de la dignidad humana. Alcanza con que hable de quienes quedan afuera.
Porque esos temas tienen una enorme potencia política en una Argentina atravesada por conflictos económicos y sociales.
Y la frase de Marcelo Colombo no puede pasar inadvertida: "proyección para la vida social". El Gobierno no quiere que el Papa hable de la vida social argentina. Porque sabe que la doctrina social de la Iglesia pone sobre la mesa cuestiones que pueden entrar en tensión con buena parte del discurso económico que sostiene la administración de Javier Milei.
No hace falta exagerar. No hace falta atribuirle al Papa palabras que todavía no pronunció. La tensión está en algo mucho más sencillo: ¿Qué ocurrirá si León XIV llega, observa la realidad argentina y decide hablar de ella?
Una visita pastoral puede tener consecuencias políticas
Acá aparece una contradicción que conviene dejar bien clara. Una multitud no es política partidaria. Un discurso social no es necesariamente una intervención electoral. Una visita a una institución de personas vulnerables no es un acto opositor. Pero todos esos gestos pueden tener consecuencias políticas. Y eso es justamente lo que preocupa. Porque hay acontecimientos que no necesitan ser partidarios para modificar el clima político de un país.
La llegada de un Papa es uno de ellos. León XIV tendrá delante suyo a millones de argentinos. Y no solamente tendrá delante suyo a creyentes. También habrá personas que quieran verlo, escucharlo o simplemente estar cerca de un acontecimiento histórico.
Por eso la discusión por el recorrido es, en realidad, una discusión por el mensaje. La Rosada quiere reducir el margen de imprevisibilidad. La Iglesia quiere preservar el carácter pastoral y popular de la visita. Y el Vaticano, finalmente, tendrá la última palabra.
Ese dato es fundamental. El Papa no es un funcionario del Gobierno argentino. Es un jefe de Estado y, al mismo tiempo, el líder espiritual de millones de personas. El Gobierno puede encargarse de la seguridad y de buena parte de la logística. Pero no puede controlar completamente qué dice, a quién visita o qué imágenes genera.
El Papa como espejo de la Argentina
Por eso algunos de los lugares que aparecen en la agenda preliminar generan tanta atención. Uno de ellos es el Cotolengo Don Orione, en Claypole, donde viven cerca de 400 personas con discapacidad. La visita todavía debe ser considerada dentro de la agenda preliminar, pero el solo hecho de que exista esa posibilidad tiene un peso simbólico enorme.
Porque León XIV no estaría visitando simplemente un edificio. Estaría encontrándose con personas que viven una realidad concreta. Y ese encuentro se produciría en un contexto particularmente sensible para el Gobierno por los fuertes conflictos políticos y sociales vinculados con las políticas de discapacidad.
El Papa no necesitaría hacer ninguna declaración partidaria. La imagen hablaría por sí sola. Lo mismo ocurre con la posibilidad de una visita a la cárcel de Devoto, una tradición que otros pontífices también incorporaron durante sus viajes.
Una persona privada de su libertad. Una persona con discapacidad. Un trabajador. Un joven. Una familia. Un jubilado. Cada encuentro puede tener un enorme significado social aunque el propósito sea estrictamente pastoral.
Porque el Papa va a mirar la Argentina. Y cuando una figura de esa magnitud mira un país, también puede convertirse en un espejo.
Una agenda que genera demasiadas preguntas
Entre los escenarios que aparecen en la planificación preliminar figuran Buenos Aires, Luján y Córdoba. También se analiza la posibilidad de un encuentro con jóvenes sobre la avenida 9 de Julio.
Está previsto además un homenaje al papa Francisco en la Catedral Metropolitana. Podría haber actividades en el CCK y en la Universidad Católica, con la participación de distintos sectores de la sociedad. Y cada uno de esos lugares representa algo diferente.
Buenos Aires representa la concentración política y social. Luján representa una de las expresiones religiosas más importantes del país. Córdoba suma otra dimensión territorial. La avenida 9 de Julio podría convertirse en una concentración multitudinaria. El Cotolengo pone en primer plano a las personas con discapacidad. La cárcel pone sobre la mesa la situación de las personas privadas de su libertad. Y la Catedral introduce inevitablemente la figura de Francisco.
No está todo definido. La agenda final todavía depende del Vaticano y de la coordinación entre las distintas jurisdicciones. Pero precisamente por eso la discusión ya comenzó. Porque nadie sabe con exactitud cuál será el recorrido definitivo.
Y cuanto más imprevisible sea la visita, mayor será la incomodidad de un Gobierno acostumbrado a administrar cuidadosamente sus propios escenarios.
Karina Milei, Quirno y una organización que también muestra internas
La propia organización de la visita expone las tensiones dentro del Gobierno. Originalmente, el vínculo institucional con la Iglesia quedó en manos del canciller Pablo Quirno. Pero luego Karina Milei tomó protagonismo y convocó personalmente a representantes de la Iglesia. El movimiento no fue menor. La organización de una visita papal involucra a Nación, provincias, Iglesia y Vaticano. Hay seguridad, traslados, escenarios, permisos, logística y una cantidad enorme de decisiones que deben coordinarse.
Mara Gorini quedó al frente de cuestiones organizativas y del vínculo con las provincias. Todo esto demuestra algo muy sencillo. La Casa Rosada sabe que la visita es importante. Muy importante.
Si no lo fuera, no habría semejante nivel de atención, reuniones y disputa interna. La llegada del Papa no es un acto más. Y el Gobierno lo sabe.
La sombra inevitable de Francisco
Hay otro elemento que la Casa Rosada no puede controlar: Francisco. León XIV llegará a un país profundamente marcado por el primer Papa argentino de la historia. Está previsto un homenaje en la Catedral Metropolitana y su figura inevitablemente atravesará la visita.
No se puede hablar de un Papa llegando a la Argentina sin hablar del Papa que lo precedió y que nació en Buenos Aires. Y ahí aparece otro escenario incómodo para Javier Milei. La relación entre Milei y Francisco fue durante años conflictiva y estuvo marcada por fuertes críticas públicas del actual Presidente hacia determinadas posiciones del entonces pontífice.
Por eso el homenaje tendrá también una dimensión simbólica. No necesariamente partidaria. Pero sí política. Porque Francisco forma parte de la memoria reciente de la Argentina. Y porque cualquier imagen de León XIV homenajeándolo tendrá una lectura inevitable.
La política que nadie quiere reconocer
El Gobierno puede insistir en que se trata de una visita pastoral. La Iglesia puede definirla de la misma manera. Y probablemente sea correcto hacerlo. Pero eso no significa que la visita carezca de consecuencias políticas.
La política no ocurre solamente dentro del Congreso. También ocurre en las imágenes. En los símbolos. En las multitudes. En las palabras. En los gestos. León XIV puede llegar a la Argentina sin intención alguna de intervenir en la disputa partidaria. Pero puede encontrarse con una sociedad atravesada por problemas concretos. Y puede decidir hablar de ellos.
Ese es el punto. El Gobierno quiere actos controlados. La Iglesia quiere contacto con la gente. La Casa Rosada quiere administrar el escenario. El Vaticano tiene la última palabra. Y entre ambas cosas queda una pregunta que nadie puede responder todavía:
¿Qué va a decir León XIV cuando tenga delante suyo a la Argentina real?
El Papa todavía no llegó y la pelea ya empezó
Al final, la discusión no es solamente por el recorrido. No es solamente por los costos. No es solamente por la seguridad. No es solamente por los escenarios. Es, sobre todo, por el mensaje. Porque si León XIV camina las calles, si se encuentra con trabajadores, jóvenes, personas con discapacidad, presos, familias y sectores vulnerables, va a encontrarse también con una Argentina que tiene problemas concretos.
Y si decide hablar de esa realidad social, será imposible esconder sus palabras detrás de un protocolo. La Rosada puede organizar la seguridad. Puede discutir los escenarios. Puede intentar ordenar los tiempos. Puede decidir quién participa de determinadas reuniones. Pero hay algo que no puede hacer. No puede controlar la realidad que el Papa va a encontrar. Y mucho menos puede controlar completamente lo que esa realidad le provoque decir.
Seamos claros: el Gobierno no quiere que el Papa hable de la vida social argentina. Porque mientras un discurso puede ser controlado, una multitud no. Y mientras una ceremonia puede ser organizada, la realidad no. El Papa todavía no llegó. Pero la pelea ya empezó.
